Importante :

En algunos textos he ofendido a otras personas injustamente, por eso pido disculpas por mi comportamiento inapropiado. Aun así, estos textos forman parte de lo que soy, y es por eso que no puedo borrarlos. Solo me queda aprender de mis errores, disculparme otra vez, y seguir adelante.

martes, 1 de septiembre de 2015

La Herida Necesaria

Habiéndome ya mudado a mi nueva casa en Somellera, algunos viejos fantasmas de mi pasado vuelven a revivir. Sabes Juan, después de haber leído Demian, entiendo que si alguien pide o exige libertad, también es cierto que debe merecerla, pues si le fuera obsequiada no sabría qué hacer con tanto mundo para vivir. Por la mañana me levantan las canciones de cuna que mi prima le canta a mi sobrina Amanda. Me retuerzo hacia un lado y luego hacia el otro, y entre dientes, voy mascullando algunas blasfemias creyendo que con ello podré liberarme de su tortura, sin embargo ya vencido por la exigencia, y sin posibilidades de retomar el sueño, decido levantarme. Me pongo las medias, el shoguin, y camino malhumoradamente hasta la cocina. Enciendo la hornalla y pongo a calentar el agua. Del otro lado los albañiles trabajan en la casa de Miguel. El golpe de los martillos perforan mis oídos a campanazos, trato de adorar su estridencia, pero una vez más, vuelvo a sentirme decepcionado de mí mismo. Todos aquellos esfuerzos por engendrar una nueva virtud, tantos libros escritos, aquellos entrañables años de soledad en el departamento de Honorio, mi esencia, mi alegría y libertad, todo eso para nada. La realidad me arrastra de los pelos hasta mi nuevo presente, y yo sin poder evadirme del reto y la exigencia que implica entender; me aferro desesperadamente al registro; lo escribo todo, trato de no dejar nada al azar, me obsesiono melancolizando la palabra, como si con ello pudiera ver mejor la belleza que se oculta entre líneas. Abajo en el patio de casa, Abril le canta canciones a la pequeña Amanda, juegan inocentemente sin temor ni sospecha, sus voces dulces se cruzan en una sola armonía, llena de paz y dulzura; y yo, entre tanto, bañado por esta melodía celestial y purificadora, trato de hacer mi rencor a un lado, y abrazar el hecho, como quien sospecha estar participando de una realidad más basta y completa que la anterior. Me hundo bajo una ensoñación, parpadeo una vez, y sin abrir los ojos, voy encontrando una belleza inhóspita y sutil; un accesorio que sumado a lo anterior, logra capturar un detalle que antes no se podía ver. Estoy enfurecido y a la vez me siento sumamente desdichado. Está nueva vida en compañía de mi familia, ya no me permite trascender el tiempo, ni fundirme con todo aquello que fui. Una vez más, estoy condenado a volver a odiarme. Me preparo una tostada con dulce de leche, y me refugio en la lectura. Comprendo mi debilidad, sé que no soy un hijo prodigo, y que mucho menos he tenido la suerte de recibir lo que hubiera querido, no solo materialmente, sino además intelectualmente. He vagado durante mucho tiempo en cierto tipo de cuestiones, que no parecen tener compatibilidad con estos vejámenes en los que hoy me veo involucrado. Cualquiera que pudiera verme sentado solo en el living de mi casa, podría suponer que aquella imagen pacifica del hombre entregado al reto, goza de felicidad, amplitud, y resolución; sin embargo, en contraste con cualquier idealización, la imagen representada, siempre oculta una dimensión paralela. Desde el interior que encarcela mi cuerpo, estoy ardiendo entre las mismísimas brazas del infierno. Todo aquel odio que tuve por aquellos años, cuando vivía en la casa de mis padres, vuelve una vez más a nacer. Trato de conservar la compostura, respiro profundamente, y le doy un trago al mate cocido. De pronto Amanda comienza a llorar; Cecilia la levanta en brazos, y acercándola a su pecho, le susurra una canción suave y delicada, casi maternal. Como podría ser indiferente a este amor claro y desinteresado? Ella dejando parte de su vida personal, para dedicárselo por entero al cuidado de la pequeña Amanda. Ella levantándose temprano por la mañana, renunciando a la embriaguez del sueño, solo para proteger la ingenuidad de mi pequeña sobrina. ¡Diablos!  Debería ser yo quien cuidara de ella. Pero no, en cambio prefiero dormir hasta el mediodía como el asno que soy. Está furia que siento en mi interior, no debería estar dirigida hacia mi prima, sino hacia mí. Será acaso que la envidio por llevar una carga que yo no pude asumir? Tan cobarde soy? Cuál será el límite de mi estupidez? Los años y la culpa, no me dejan respiro. Prosigo con mi lectura, y al finalizar cierro el Dooku. Me recuesto con los codos sobre la mesa, y pienso. ¿Porque me cuesta tanto amar? Quisiera llorar, pero ese fuego que arde en mi interior, ha secado todo el llanto que llevo dentro. Donde irán mis sueños? Aquello que alguna vez proyecté, se ha convertido en mi propia decadencia. Mi objetivo, mi meta, mi pequeña luz al final del túnel…. Donde quedo mi risa, mi romanticismo y soltura, que fue de mi amor? Me levanto de mi silla en dirección al estudio, entre los llantos de Amanda, las canciones dulces y maternales de mi prima Cecilia, la pueril y venturosa inocencia de Abril, entre todo ello algo resuena.... A través de los estridentes martillazos de los albañiles, sobre mi ignominiosa forma de vida, pasando por los nubarrones de mi triste desilusión, allí nada mi voz. Bucea rodeada de nuevas y maravillosas posibilidades, allí esta ella, reúne aire de la superficie y se sumerge en las profundidades misteriosas de lo desconocido. No sé si quiere escapar de las insípidas canciones de cuna, o encontrar en ellas, el fundamento de todo mal. Basta de flagelo! Tal vez en algún viejo cofre abandonado, encuentre el afecto perdido. Necesito reír sustanciosamente, guiado por una razón verdadera. Enciendo mi computadora, y viajo a través de está adversidad, buscando en ello una idea, un refugio; tal vez un páramo abandonado o una concavidad hermética y sellada; algo sólido y fuerte que pueda cobijarme hasta que todo vuelva a ser silencio. Mientras Abril mira la tele con la pequeña Amanda, Cecilia prepara la merienda. Entiendo que para el relato sería mejor si almorzaran, pero mi letanía me obliga siempre a llegar más tarde de lo esperado. Son las cuatro menos veinte de la tarde, por la ventana del estudio se filtran pequeños rayos de luz que impactan sobre mis ojos y me encandilan. Malhumorado y chistando para nadie, pongo tozudamente unos libros para tapar la reflexión. Me dejo caer sobre el asiento, y vuelvo al asunto. Un mosquito se posa sobre mi oreja, y haciéndose imperceptible y minúsculo, se lleva parte de mi sangre. Me rasco quejumbroso lamentándome otra vez. Porque no puedo sentirme a gusto? Veo a mí alrededor, y si bien podría bajar a merendar con mi familia, yo prefiero quedarme aquí. Los rayos del sol en mis ojos y la picadura del mosquito en mi oreja, me sienta mejor que la compañía de mi familia. Leo estás últimas líneas frunciendo el ceño y apretando los dientes. Comienzo a entender que nunca alcanzaré la altura deseada, pues las raíces de mi pasado inmediato, se encuentran débiles y torcidas. Nunca imaginé que mi fobia social pudiera desencadenar semejante crueldad hacia los demás. No lo entiendo porque considerando mi propia naturaleza, yo también pertenezco al género humano. Con una puteada sobre la otra, poco a poco fui encerrándome cada vez más en un mundo autodestructivo y endeble. Aun habiendo vivido a través del error, la literatura y el arte me enseñaron que en toda tragedia, también hay poesía. El recuerdo ha estado siempre conmigo, pero mi indignación y desapego por lo que fui, me ha llevado a perder el tacto sensible con los demás. Me entristece decirlo, pero fuera de mí, no puedo reconocer el amor. Enderezo mi postura y de pronto caigo en la cuenta de lo que está sucediendo. Habiendo yo vivido tanto tiempo a través de la soledad, esta nueva instancia de mi vida comunitaria, me pone a prueba. Es lógico que mi alma se retuerza pataleando como un niño caprichoso que exige a gritos volver a casa. Ella quiere soledad, volver una vez más al útero materno, a la calma y al desengaño. Mi alma desea angustiarse y aprender sin sufrir castigo. Pero es acaso posible aprender sin sufrir? Todos esos años en mi viejo departamento de Honorio, toda esa calma imperturbable de soledad y lejanía, todo ese silencio vacío que aprendí a llenar con sueños e ilusiones, todo eso me enseñó a ser libre. Allí pude dibujar y reflexionar como nunca antes lo había hecho. Allí hube transitado un camino venturoso, que me llevó a encontrarme a gusto con mi visión de la muerte, y del enigma que todo ello representaba. Allí estaba triste, pero el tiempo y la costumbre, cicatrizaron mi dolor. Al fin era un todo. Esto era lo que yo había elegido. Pero cualquier elección demanda un sacrificio, y cuanto mayor es la causa, más grande es la pena. Es cierto que en mi interior arden las llamas de la impotencia y el desconsuelo; la vida familiar, burguesa, simple y sin cuestionamientos, no es lo que yo hubiera elegido. Pero ahora que estoy aquí, obligado por el propio destino a compartir mi vida, a querer al prójimo, y a ser tolerante en la convivencia; justo cuando veo nacer este fuego que prende con las primeras ramas de mi árbol marchito, volviendo cenizas todos mis anteriores logros, podría yo no pensar en Amanda, y en toda mi familia? Podría entonces no tomar está oportunidad para aprender a querer algo por encima de mí mismo? Sé que todos nosotros alguna vez, hemos sido lastimados sin haberlo merecido. Muchas veces ese dolor nos ahoga en rencores y en preguntas sin explicación. Porque me han hecho esto? Que hice yo para merecer este daño? Así nos pasamos largos años odiando el mundo, y a toda la gente que vive en él. Sosegadamente cuidamos la herida, guardando distancia con aquellos que la provocaron. Finalmente una mañana al levantarnos la camisa, encontramos que la marca ha desaparecido. Miramos al pasado haciendo retrospectiva, y nos indigna encontrar que en aquel entonces, no supimos elevar nuestras alas sobre el deseo primero de toda humanidad. Ayudar. Miramos el pasado desde el risco de una montaña, y vemos allí abajo, entre los diminutos edificios de la ciudad, un pequeño y minúsculo ser, que se mueve de un sitio a otro destruyendo todo a su paso. Somos nosotros. Aquel cuchillo que nos apuñaló el alma, nos ha dividido en dos partes, y con ello ha desprendido de nuestro viejo orgullo, una porción envenenada, decolorada y maligna. Ahora desde mi propia montaña, viéndolo a la distancia, me doy cuenta que sin aquel daño que alguna vez nos apuñaló injustamente, el alma jamás hubiera podido florecer. La maleza hubiera devorado el fruto, y el odio propio de quien se esconde, nos habría consumido lentamente, hasta dejar solo un atisbo de luz y polvo. Mientras pienso y reflexiono sobre lo mucho que me cuesta ceder ante la vida familiar, no puedo evitar recordar mi primera internación. Tenía tan solo veinte años, y me encontraba feliz de haber hallado al fin mi propia soledad. Había entonces dejado la facultad y mis amistades también, no tenía a nadie que pensara en mí, y ya solo me preocupaba por atender únicamente todo aquello que brotaba de mi alma y mis pensamientos. Era feliz. Por primera vez había encontrado la libertad, la verdadera libertad; esa misma que me permitía hacer lo que quisiera. Iba de un lado a otro, y podía pasarme horas encerrado en mi cuarto, atendiendo asuntos que ninguna institución educativa estaría dispuesta a promulgar. Así una tarde, mientras cambiaba el encordado de mi guitarra, una señora y un señor entraron por la puerta de la cocina, y se dirigieron allí donde yo estaba sentado. En su semblante se podía ver cierta seriedad y preocupación. Yo no pude evitar sobresaltarme. Mientras los veía rodear la mesa acechándome por ambos lados, no pude dejar de notar que se inclinaban sobre sus sillas como si el cuerpo les pesara una enormidad. La tarde se enmudeció y mi perro les gruñó entre dientes. Entonces mi padre y mi madre se aproximaron a la mesa, y sin decir palabra, tomaron asiento. En un principio pensé que estas dos personas podrían ser amigos de mis padres, y sin ninguna clase de sospecha, los saludé tibiamente. El primero en hablar fue mi padre. Se llevó la mano a la boca, tosió en un claro gesto de incomodidad, y dirigiéndose a mí en un tono paternal y comprensivo dijo. Bueno Juan, ya sabrás imaginar que tu madre y yo hemos estado muy preocupados por la postura que adoptaste desde que dejaste la facultad y te alejaste de tus amigos. La postura? Dije yo frunciendo el ceño. Hemos estado tratando de hablar contigo y de aconsejarte para que puedas romper tu cascaron, y abandonar esa burbuja hermética en la que te has encerrado; continuó él. Miré entonces a estos dos extraños; el señor metió la mano en su bolsillo sacando un anotador y una birome, mientras que la señora a su vez, acomodaba sus gafas en una actitud modosa. Inmediatamente supe que no eran amigos de mis padres. Quienes son ellos? Le pregunté a mi padre levantando un poco la voz. Son psiquiatras, dijo mi madre que hasta entonces guardaba silencio. Psiquiatras! Dije yo consternado. La caja de la guitarra golpeo contra la mesa, escupiendo un sonido disonante y monocorde, que resultó cómico y trágico a la vez. El señor de corbata y saco se inclinó sobre la mesa, y dirigiéndome una mirada compasiva, dijo. Tus padres nos han hablado mucho de tu conducta inadecuada. Ellos han estado observándote y según sus palabras, nos hemos visto en la obligación de venir a verte. No entiendo, cual es el problema? Dije apretando los dientes. No podemos sacar conclusiones sin tu consentimiento, por eso te pido de favor asistir mañana a nuestro consultorio para tener una entrevista. Pude ver en sus ojos un brillo oscuro, una opacidad servil que dejaba ver sus verdaderas intenciones. Y qué pasa si no voy? Dije levantando un poco la cabeza y mirándolo de arriba. Si no vienes tendremos que tomar otras medidas. Afuera un auto pasaba por la esquina, y clavaba los frenos ante un peatón desatendido. Se escuchó un insulto, y luego un silencio de muerte. Yo no podía entender lo que estaba pasando, me sentía tan a gusto con mi vida, tan renovado y lejos de toda responsabilidad, que por un momento llegué a creer que todo esto se trataba de una broma. Quizás sin que yo me diera cuenta, mi madre sacaría un pastel de la heladera, y saliendo de toda teatralidad, estos enviados del demonio estallarían en risas, poniendo en evidencia su epigrama. Espere un momento que mi madre se levantara a buscar el pastel, pero aquello nunca sucedió. Con el rostro de un juez que dictamina una sentencia, los psiquiatras se fueron dejando un saludo insulso que yo no pude contestar. Estaba furioso, indignado, toda esa abundancia y efusividad, toda esa jovialidad y alegría, se habían marchado, había sido devorado por la misma naturaleza que me engendró. Mis padres.


Repentinamente mi gata Zoe, entra corriendo y salta sobre mí. Yo la abrazo y miro la pantalla del ordenador. Han pasado los años y aún no logro desprenderme de aquel recuerdo. Algo en mi ha cambiado, lo sé, puedo sentirlo. Como una mamushka, como un tiempo anterior que se refugia dentro del otro, me inclino sobre mi asiento  y exhalo profundamente. Afuera sopla una correntada que golpea contra el muro de la terraza, filtrando miradas y ensueños de un mundo lejano y prohibido. Al día siguiente de aquella visita, supe que mis horas de felicidad en la casa de mis padres, habían llegado a su fin. Me encerré en mi cuarto durante horas planificando mi próximo movimiento, escribí unas palabras irreproducibles en mi diario, y sin despertar ningún tipo de sospecha, puse en marcha mi estrategia. En reiteradas ocasiones mis padres mi llamaron a comer, intentaron golpear la puerta y comunicarse conmigo, pero nada. Yo seguía en mi cuarto ciego de odio y tristeza, lloraba y apretaba los dientes, sabía que debía hacer algo, tenía poco tiempo antes de que esos señores volvieran a buscarme. Aquella noche, mis padres iban a salir a comer a afuera; yo lo sabía porque habían querido invitarme, pero yo me negué encerrado en mi habitación sin contestar palabra. En ese momento entendí que era mi oportunidad. Llamé por teléfono a Javier Tobares, y le pedí si podía alojarme en su casa, hasta que pudiera encontrar un lugar donde vivir. Para mi alivio, él dijo que sí. En ese momento supe que estaba en una contradicción. Había terminado la relación con todos mis amigos, creyendo que ya no los necesitaba, que podría vivir solo valiéndome únicamente de mí mismo, y ahora frente a mi propia cara, ante un problema que me excedía y no podía resolver, buscaba vergonzosamente la piedad de aquellos a quienes había insultado y despreciado. Una vez más, la vida se ponía por delante de mi orgullo, enseñándome el verdadero poder de la amistad. Con Javier solíamos filosofar y buscar entre los rincones pútridos y abandonados de nuestra razón, algo de poesía para adorar. A veces nos escapábamos por la escalera del colegio Quinquela, y entre palomas y salones vacíos, nos trepábamos al techo del teatro para fumar y contemplar el rio fétido de la vieja ribera. Allí con el sol en la cara, entre todos esos barcos y fábricas que adornaban la geografía del lugar, Javier solía contarme historias fantásticas, llenas de misticismo y alegorías. Recuerdo bien aquellas épocas doradas.... Pero todo eso había quedado muy atrás en el tiempo, hoy era distinto. Bruscamente casi sin quererlo, mi vida había dado un giro de ciento ochenta grados. Después de acordar el encuentro, corté el teléfono y sin reparo eché manos a la obra. Tomé una bolsa de consorcio y puse en ello, todo lo necesario para marcharme y ya no volver. Cuando hube acabado la primera parte de mi plan, me quede en mi habitación expectante y taciturno. Caminaba entre pared y pared, aguardando la señal. En un momento el motor del carro de mi padre se encendió. Al ver como se marchaban, tomé la bolsa de consorcio y me fui en dirección a la casa de Javier. Una vez en el colectivo, no pude evitar sentirme observado. Acomodé la bolsa llena de ropa a mi lado, y traté de simular cierta naturalidad, que por supuesto, ninguno de los pasajeros se creyó. Me asusté mucho al oír una sirena que se filtraba lejanamente entre los edificios, pero pronto desapareció. Al llegar a la casa de Javier, mire hacia ambos lados de la cuadra, pero la zona parecía deshabitada. Respiré profundamente y toqué timbre. La llave repiqueteo nerviosa sobre el picaporte, y la puerta se abrió. Estaba salvado. Javier me recibió con una sonrisa llena de preocupación. Me hizo pasar a su living, y me invito a sentarme a la mesa. Yo no podía ocultar mi suplicio, transpiraba y tiritaba afiebrado. En el patio junto a las plantas y los pájaros, el pequeño Teo jugaba con un camión remolque. Era una noche cálida y serena, las luces de la casa refulgían como antorchas, el perro ladraba débil y lejano entre la espesura, y el diseño colonial de los muebles le daban a la escena una tonalidad algo barroca. Gabriela la mujer de Javier, me preparó un té caliente, y cuando estuve más cómodo, me propuse a contar lo que había pasado. Javier le hizo una señal a Gabriela, y ella sin dudarlo se fue obedientemente a su habitación, llevándose consigo al pequeño Teo.  Una a una fui contándole las tribulaciones de mi desafortunada aventura. Me asustaba mucho haberme ido de mi casa, pero más me atemorizaba considerar que aquel diagnóstico sobre mi estado mental, pudiera ser verdad. En todo el transcurso del relato, Javier no salía de su asombro, estaba tan ensimismado que mis palabras parecían tener cierto poder sobre su voluntad. Por un instante sentí que su rostro se transformaba, sus facciones giraban y se torcían hacia lo grotesco. De pronto por alguna extraña consecuencia algo risueña e inesperada, Javier se convirtió en mi propio reflejo. Mire de vuelta sorprendido, y no pude sentir vergüenza de mi propio aspecto. Llevaba una palidez sombría, su pelo estaba aceitado por la transpiración, y de su aliento brotaba un hedor infecto y rancio. En qué clase de monstruo me he convertido? Hice una pausa y al finalizar el relato, traté de borrar con mi mente aquella desagradable imagen, pero no podía, cuanto más lo intentaba más se asemejaba. Su rostro desalineado se iluminó repentinamente, y con un suspiro, sus ojos lejanos comenzaron a brillar. Brillaban lentamente, cada vez más y más. El perro que hasta entonces ladraba con ronquidos y asperezas, hizo un silencio, y el tiempo pareció detenerse. Yo quise romper el encantamiento con un grito desesperado, pero no podía moverme. Sin más alternativa, dejé caer mis brazos y abracé aquel instante como si de ello fuera a brotar una respuesta, una revelación, un milagro divino. El timbre retumbó en la habitación, y con ello Javier recuperó súbitamente su forma original. Respiré ahogado, y me sostuve de mi pierna como si fuera a desmayarme. Se escuchó entonces imperceptible, una tonada lluviosa que no supe distinguir. Quién es? pregunté con voz trémula .Javier me volvió una mirada absorta, tapó con su mano el micrófono del portero, y con un breve susurro, me dijo que era la policía. Me incorporé valeroso, y decidí salir para darle un cierre a todo este asunto. Agarré la bolsa de consorcio con mis cosas, y caminé por el pasillo en penumbras. Javier se adelantó a mis pisadas, introdujo la llave, y abrió la puerta que se inclinaba imponente ante mi propio rostro. Era enorme, sublime e infranqueable, era eterna e infinita, era la puerta de mi destino. La madera crujió y chilló, como si se retorciera de dolor. Mientras se abría parecía susurrar a través de épocas ancestrales empapadas de intensa sanción y castigo. Entonces yo salí. Un policía se paró frente a mí, y me preguntó desdeñoso, si yo era juan Manuel Álvarez. Valerosamente sin saber lo que me esperaba, dije que sí. Javier se hizo a un lado, y cruzó una mirada sigilosa. Le voy a pedir que me acompañe, dijo el policía imperativamente. Y tomándome del brazo, caminé hasta el patrullero escoltado por el agente. Me senté pesadamente sobre el frío tapizado del vehículo, acomodé mi bolsa de consorcio, y con una fuerza algo desmesurada, el agente cerró la puerta con vehemencia. Desde la misma marginalidad, levanté mi rostro entristecido, y entre luces azules y sirenas escandalosas, ahí lo vi. Un ser, un amigo, un colega que sin juzgar mis intenciones, se había brindado como nadie lo había hecho. Por  primera vez supe que no estaba solo. Esa noche, Javier me miró compasivo y sufrió conmigo. Aquella vez pude ver en sus ojos un brillo distinto, algo intimo que solo existe entre hermanos. El coche arrancó y tras el ronquido del motor, lo escuché mascullando entre dientes, unas débiles palabras que nunca podré olvidar. Que injusticia.