Importante :

En algunos textos he ofendido a otras personas injustamente, por eso pido disculpas por mi comportamiento inapropiado. Aun así, estos textos forman parte de lo que soy, y es por eso que no puedo borrarlos. Solo me queda aprender de mis errores, disculparme otra vez, y seguir adelante.

sábado, 8 de octubre de 2011

La Batalla Entre la Luz y la Sombra

Leo mis viejos diarios. No hay que esforzarse por entender nada. En aquel momento no importaba la idea, sólo quería inventar un espacio virtual donde poder gritar. Un espacio, al que pudiera acudir en cualquier momento, para decir aquello que quisiera decir. Sólo quería poder sentir y pensar con libertad. Entendí que para no caer en un discurso desquiciado, necesitaba de un lugar tranquilo para ordenar mis ideas. Por eso fue que me alejé de todo lo que me rodeaba. Necesitaba darle un orden a mis sentimientos, para no perder el control. Así fue que decidí atravesar los márgenes de la locura, llevando conmigo mi diario, para legitimar en él, lo que me estaba pasando. No podía hablar con nadie, pues si lo hubiera hecho, los hubiera lastimado. La locura de un hombre, necesita ser estudiada y analizada por uno mismo, de lo contrario ella lastimará del mismo modo en que lo hace la ignorancia. En cierta medida, cuando uno sale de los márgenes que le han impuesto, ingresa un lugar desconocido. Un lugar donde la locura y la ignorancia, pasan a ser los lados opuestos de una misma moneda. Mientras que la locura, se esfuerza por ordenar su mundo propio, la ignorancia abandona la tarea, buscando los medios para evadirse de la misma. En ese momento, era urgente para mí, ordenar mi mundo propio. Pero estaba solo en esa tarea, pues tenía miedo de que la gente me volviera civilizar. Claro, yo no quería la comodidad de lo conocido, si eso implicaba dejar de lado a mis inquietudes. Estaba hastiado de escuchar repetir una y otra vez, los mismos discursos. Ésos discursos que la sociedad quería enseñarme, estaban vacíos para mí. Yo sólo quería libertad para crear, libertad para decir, libertad para elegir, libertad para pensar, libertad para sentir. No quería ser criado como se crían las vacas, encerrado en un corral sin poder ir más allá. Para ser un hombre verdaderamente libre, debes estar dispuesto a ir más allá. Tus sentidos, te mostrarán el camino, y tu razón, trazará el mapa de tu recorrido. Cuando alcances un lugar virgen, ten paciencia y empieza a construir ladrillo por ladrillo, el mundo en el que quieres vivir. No te resultará fácil, pues para entender lo que sientes, primero deberás aprender a decodificar en tu propio idioma, aquello que dicta tu corazón. La gente que este cerca de ti, te observará, analizando tus movimientos. Y al ver que eres un hombre libre, y que piensas por ti mismo, se asustarán y te llamarán loco. La gente necesita darle forma a lo que no entiende, pero a veces pierden la fe y abandonan su búsqueda. Quizás deban pasar muchos años antes de que esas personas, entiendan la importancia de creer en ellos mismos. Recuerda esto. Cuando tu empieces a transitar el camino de la fe, ellos te mirarán soslayadamente, como se mira a un forastero que viene de otra parte. De aquel lugar prohibido, al que nadie se atreve a ir. A estos forasteros, siempre se les ofrece un trato especial. A veces se los trata con respeto, y otras veces con indiferencia. Escúchenme, yo reconozco como es la locura. Deseo comunicarle a los pueblerinos que no hay nada que temer. Ustedes son líderes de su razón, y pueden ir más allá de las fronteras, siempre y cuando, enfoquen su intelecto en descifrar el idioma de la compasión. Para poder perdonar a alguien, antes debes haber aprendido a perdonarte a ti mismo. No podrás ayudarte, sin piensas que eres diferente a los demás. Así como los otros cometen errores, tú también lo haces. Para poder avanzar, debes desdoblarte y ser franco con tu verdad. Solo así podrás curar el orgullo, que ha comenzado a hacerte daño. El único objetivo en esta vida, es aprender a amar. Ama el miedo de la gente, a querer despegarse de lo conocido. Tú puedes aprender a amarlo, pues ese mismo miedo que ellos tienen, lo estás experimentando tú ahora. Ellos no quieren salir de su corral, dado que allí pueden jugar y dormir cómo bebes. El mundo conocido nos hace sentir protegidos, pero simplemente no puede explicarnos lo que hay más allá. Por eso debemos partir, y explorar nuestra oscuridad. No tengas miedo, lo que tú ves, todos pueden verlo. Lo que tú piensas, todos pueden pensarlo, lo que tú sientes, todos pueden sentirlo. No te encierres en tu mundo conocido. No tengas miedo en mostrar a los demás lo que has visto, pues mal o bien, ellos sabrán escucharte.

Todos nosotros hemos tenido que atravesar situaciones difíciles. Para algunos los maltratos, han de haber provenido de su mundo exterior, y para otros, han de haberlo hecho desde el mundo interior. En tal caso, tú puedes guardar odio hacia los demás, o hacia ti mismo, por el mismo miedo que tienes, a tener que tratar con lo que no conoces. No dejes que el odio te destruya, a veces pedir perdón, nos devuelve la vida. Mucha gente se prohíbe sentir amor, a raíz del prejuicio que implica descubrir sus razones. ¿Pero cómo podría el amor, hacernos peor de lo que somos? Por eso es que muchos ahora, están confundidos, y hacen el mal, sin entender por qué, o para qué. Las personas que conocen y entienden, lo difícil que es aprender a transformar el dolor en alegría, están en condiciones de ayudar a quienes aún no pudieron hacerlo. Brindar apoyo a las personas doloridas, nos enseña a dar, y a recibir amor. ¿Cómo no compadecerse frente al dolor que implica crecer? No hay una edad que ponga límite a nuestro crecimiento. Siempre podemos crecer y aprender. ¿Cómo no perdonar a quien ha perdido la capacidad de amar? Tampoco hay una edad que ponga límite a nuestro amor. Siempre podemos sentirnos mejor. ¿Cómo no amar su confusión? ¿Cómo no amar su pena? Dios no vendrá hasta nosotros, somos nosotros los que debemos ir hasta Dios.

lunes, 3 de octubre de 2011

Tener Amor Propio, no Implica Egoísmo

Nuevamente me pregunto por qué elegí la soledad. Para empezar un solitario, a veces tiende a ser egoísta. Yo soy egoísta porque desde pequeño me han sucedido cosas. Cosas que nadie ha sabido escuchar. Por esa razón fue que generé tanto odio y resentimiento contra la gente. Por ese trillado cuento de que nadie supo escucharme, por eso fue que maldije tanto. Así fui de mal en peor, hasta que un día, cansado de llorar bajo la ducha, descubrí que el odio no era el camino correcto. Una persona no puede aprender a sonreír, si vive odiando a los demás. Esto mismo fue lo que me dije, antes de reconocer que el único responsable de mi malestar era yo. Ese fue mi renacimiento. Después me dije. Si el problema nace de uno, también es uno, quien debe solucionarlo. De esa forma comencé a escribir en un diario lo que me sucedía. Ya que nadie puede escucharme, me escucharé a mí mismo pensé. Tal vez centrar la atención en mi propia vida, pueda parecer egoísta para muchos, pero para mí, hacerlo significa  un acto de fe, dado que confío en que algún día, podré aprender a superar mi desconsuelo, amando aquello que late en mi interior. Entiendo que el amor, es algo que crece en la medida que uno valla llevando claridad a sus preguntas. Es bueno tener preguntas, pues eso nos motiva a querer hallar las respuestas. Cuanto más importante sea el cuestionamiento, más claridad nos podrá brindar su resolución. ¿Pero cómo obtener una respuesta, cuando nadie nos escucha realmente? ¿Cómo separar la mentira, de la verdad que afirma la gente? Toda la experiencia que pudiera ganar aquí, servirá a mis propósitos. Eso es lo primero que uno debe decirse, antes de usar el sentido común. Usando el sentido común, se puede develar quien es el bueno, y quien el malo, quien habla con sabiduría, y quien con arrogancia. La cuestión es concentrar esas energías, en lo que dicta el espíritu, dejando que el tiempo haga su parte. Era joven cuando pensaba así, y hoy descubro que a veces la inocencia, no implica ineptitud. A los pocos días, me encontré solo con mi malestar, y teoricé. Seguramente deberé sacrificar muchas cosas para aprender a amar, pero un solo día en mi porvenir, justificará años de ceguera y amargura. Mi respaldo será este diario, y mi consejero, seré yo en otra parte. Debo creer en algo real, algo que no pueda engañarme. Creo que esto que siento, es lo más parecido a la verdad. Nadie puede negarme sentir, por lo tanto nadie puede negar mi religión. Yo creo en mí. Iré por la vida, como un muchacho ingenuo. Recorreré el mundo con mi anhelado deseo de volver consiente mis acciones, echando luz donde antes hubo oscuridad. Así sabré responder apropiadamente, la próxima vez que mencionen mi nombre. Durante varios meses pude vivir bien con esto, pero un buen día me encontré con un obstáculo. Algo no me permitía avanzar. Entonces estudiando mi situación, deduje. Para hacer crecer mi universo, necesito enfrentar esta limitación. El universo solo crecerá, en la medida que yo pueda encontrar mí frontera, y cobre el valor necesario para atravesarla, de lo contrario todo continuará igual.  Cuando estuve allí por primera vez, me dije a mi mismo. He tenido que ser egoísta con mi dolor, pues nadie lo ha entendido, y todos lo han olvidado. He tenido que ser yo mismo, quien me abrace en la oscuridad, y me escuche en el silencio. Y ahora que estoy parado frente a mí frontera, he revelado mi propio límite. Me asusta verlo, pues parece infranqueable, pero ya lo conozco demasiado. Hoy voy a atravesarlo. Iré más allá de mí, y seré un mejor yo. Conservaré lo viejo, pero aprenderé a incluir lo nuevo. Aquello que estoy por ver, no sé de qué se trata, pero estoy seguro que responderá mis preguntas, aliviando mi carga. La próxima vez que llegue hasta aquí, a esta frontera, ya no será un lugar infranqueable, solo servirá para recordarme aquello que fui alguna vez. Y aunque ahora no disponga de una gran inteligencia, ni tampoco pueda hacer alarde de una lúcida memoria, mi egoísmo no habrá sido tiempo perdido. En ese momento pude redefinir el término egoísmo, que habitualmente se usa para caracterizar a otro que no comparte. Pensé que quizás, sería más apropiado llamarlo amor propio. Tener amor propio me permitió comprender porque soy yo quien está en este cuerpo, y no otro. Asimismo, el amor propio es una forma de manifestarse, dandole valor a la vida que nos tocó. El error está en pensar que procurándonos cosas materiales, sanearemos nuestras dudas. Eso sí es egoísmo, y por lo que a mí respecta, no conduce a nada. Debemos aprender a querer lo que somos, pues nadie más podrá hacerlo. Abrazar el dolor en el pecho, y convertirlo en alegría. Esa es la mejor forma de aprender. Cuando llegues a tu frontera, confiesa tu límite. Solo tú, y ella. Ella escuchará tus confesiones, las evaluará y si las considera adeptas, te dejará pasar. Al final, después de mucho andar, inesperadamente tus ojos se abrirán y descubrirás la verdad. Ya nadie podrá desviarte del rumbo que para entonces hayas tomado. Un día, cuando ya seas viejo, y el objetivo de tu vida sea tan puro como el agua, te afirmaras frente al espejo, y solo una palabra te dirás. Gracias.

Más o menos así, fue la primera experiencia que me permitió madurar. De esa forma fue como pude entender mi odio, transformándolo en simpatía. Y siendo testigo de mi propia metamorfosis, me alegré al descubrir que uno puede ser aquello que anhele ser. Basta con saber mirar más allá de la frontera, para encontrar una linda imagen, que nos brinde un objetivo válido para crecer. En ese momento, descubrí el significado de la expresión,  "tener amor propio, no implica egoísmo".

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jueves, 22 de septiembre de 2011

Crónicas del Neuropsiquiátrico (reeditado)

Introducción.

Ha comenzado a llover. Desde que llegué a la clínica, siempre llueve.  Estoy acostado en la cama de mi celda. Abandonado a mi suerte, escucho la lluvia caer sobre el tejado. Y un poco más allá, aparecen los ronquidos de un interno, que está junto a mi habitación. Me pregunto cómo podría conciliar el sueño, estando bajo circunstancias tan extremas como estas. Trato de incorporarme y caminar. Me siento débil y mareado, camino alrededor del cuarto, intentando despabilarme. Tomo lo último que me queda de agua. Apenas puedo enfocar los ojos. Siento nauseas, por los medicamentos que me han dado. Esta noche, mí mayor deseo es volver a recuperar mi libertad. Pero ya ven, estoy postrado en esta cama de rocas, y apenas puedo ver donde escribo.
Estoy atrapado. Excluido del mundo, marginado de una sociedad, que ha decidido encerrarme en esta celda. El olor aquí es rancio y nauseabundo. Pero lo peor de todo, es que no tengo a nadie con quien hablar, solo me queda este diario viejo y desprolijo.
Por la mañana siguiente, pienso en mis padres. Hubiera querido nunca haberme fugado de mi casa. Pero ahora es tarde para arrepentimientos. Lo cierto es que no puedo salir de aquí. Y como están las cosas, permaneceré algún tiempo más, en esta clínica.
Veo que la puerta de madera, solo tiene cerrojo del lado de afuera, y los únicos momentos donde la abren, son en las comidas, y en las horas de medicación. Este lugar, es un verdadero castigo. Cualquier hombre, que se precie en caminar libremente por la ciudad, sabría entenderlo.
Me gustaría que alguien, viniese a visitarme. Eso me pondría de buen humor, y me levantaría el ánimo. De suerte que mis familiares, me trajeron este bloc de hojas, junto con una lapicera azul para escribir, y un porta minas para dibujar. No sé cuánto tiempo pasaré aquí dentro, pero sin dudas este diario, me ayudará a seguir mis actividades, al menos, durante mis próximos días en cautiverio.
Las horas pasan lentas, y ya comienzo a sentirme como una nuez. Encerrado dentro de esta coraza infranqueable, se encuentra el fruto de mi razón. Y por lo que a mí respecta, nadie podrá tener acceso a mi interior, a menos que me den un golpe de verdadera fuerza. Y vaya si me lo han dado. ¡Oh, que tonto he sido! Miren a donde he ido a parar. Pero debo ser valiente. Sé que de nada servirá quejarme ahora. Únicamente debo intentar, pasarla lo mejor posible.
En un rincón, observo un rollo de papel higiénico, que me ha regalado la enfermera Elizabeth. Aprecio su intención, pero la textura de la hoja, es tan rasposa y áspera como el papel de un diario. Qué más da. Tendré que aprender a valorar las cosas, sin pretender lujos, pues en definitiva, esto es lo único que tengo. Así comienza la historia.

Capítulo 1.

Estoy postrado en una cama. Todas las luces están apagadas, y aun así, me siento mareado por los efectos de esta maldita medicación, que me obligaron a tomar.
Es de noche, y encerrado en este cuarto oscuro, no se puede hacer mucho. Apenas puedo escribir, gracias a una luz celestial, que se filtra por una pequeña, pero oportuna, rendija de ventilación. Esta noche, mi mayor deseo, es volver a ser libre. Digo adiós a los anhelos materiales. Solo deseo ser libre. Libre como los perros, que andan merodeando las callejuelas de un barrio pobre. Mi deseo es simple, pero los doctores se burlan cada vez que se los manifiesto.
Demonios. La droga que me dieron, apenas me deja ver donde escribo. Estoy tan mareado, que ni siquiera puedo identificar a los psiquiatras, que vienen a entrevistarme. ¿Por qué me han sedado, a que le tienen miedo? Yo no puedo hacerle daño ni a una mosca.
Me acomodo en la cama. Es como dormir sobre rocas. El olor en la habitación, es similar al ácido. Esto es producto de los gases que se han condesado, desde la última vez que oriné en el rincón. Debo conservar la calma. Solo me resta aguantar, ser paciente, y dejar que el tiempo haga su parte. Cuando me levante por la mañana, espero sentirme mejor. Necesito desesperadamente, escribir unas páginas más, en este diario.
Como a las ocho de la mañana, me despierta el doctor Riva. Me pregunta cómo estoy, y me informa que es posible, que me trasladen a una enfermería, más cómoda e higiénica, que esta lóbrega mazmorra. Yo asiento aliviado y agradecido. Así el doctor Riva vuelve a su oficina, y yo me quedo pensando. Se me ocurre que mi vida, es como una sucesión de hechos que no pude elegir,  y entiendo que por esa razón, es que acabe revelándome contra el mundo. De hecho, cuando la policía me vino a buscar, yo opuse cierta resistencia, porque creía firmemente en las decisiones que había tomado. Y entre nosotros, aun creo en ellas. Quizás por eso terminé aquí.
Ya ha pasado algún tiempo desde que estoy en la clínica, y puedo afirmar, que me he transformado en un hombre taciturno. Mi vida aquí, se ha vuelto rutinaria, dado que ni siquiera puedo hablar con los demás internos. Me levanto por la mañana, luego me siento sobre mi colchón de rocas, y trato de no pensar en nada. Pensar en nada es difícil.  Después de escribir, intento degustar la comida que me sirven, para finalmente hundirme en el interior gozoso, de un sueño evasivo. Ni hablar de bañarme y afeitarme. Ya ha pasado una semana y no he tenido noticias de eso.
Aún no puedo enfocar bien el renglón cuando escribo, dado que siguen dándome esa medicación virulenta. En eso, escucho a un interno que grita desaforadamente por su padre. También pide que lo liberen, golpeando la puerta, con intervalos de mayor y menor violencia. Debo tomar esta situación con paciencia,  pienso mientras el interno es contenido agresivamente por los enfermeros.  Sé que pronto todo esto acabará.
Me encantaría aprender a dormir como lo hace el paciente del habitación adjunta. Desde que me desperté por la mañana, que él está ahí, quietecito sin decir ni una palabra. Mientras tanto yo, voy y vengo, hago y deshago, me acomodo de mil formas en la cama, pero no puedo conciliar el sueño. Quisiera saber cómo obtener un poco de paz interior, para calmar mis pensamientos, y poder dormir.
Durante todo el día, se escucha el televisor encendido en el canal de música. Y a cada hora, suena un timbre que indica la tarea que se debe cumplir. Mis padres me trajeron ropa para bañarme, y además, un nuevo bloc de hojas para poder escribir. A veces me pregunto si me habrán internado por la manera frenética con la que escribo. Reconozco que pienso demasiado. Quizás debería relajarme y dejarme llevar. Mi mente también merece un descanso.
Hablando de la mente, me viene un recuerdo. Pienso en aquella vez que mi prima Gisela, festejaba sus 15 años. En ese momento, yo debería tener cuatro años. Recuerdo que la noche anterior a la fiesta, yo le había robado cinco pesos, a mi madre, del cajón de las bombachas. Por ese entonces cinco pesos era mucha plata. El día de la fiesta, mi primo Martín, y su grupo de amigos, estaban sentados conmigo en una mesa. Martín debería tener 12 años, aproximadamente. De repente mi primo, hizo una apuesta con uno de sus amigos. Así fue que yo, agarrando la plata que le había hurtado a mi madre, golpeé la mesa, y dije. Yo apuesto cinco pesos. Entonces Martín, me agarró de la oreja, y me arrastró hacia donde estaba mi madre. Pasaron muchos años, antes de que yo pueda entender, por qué me tironeo de la oreja. Pero hoy comprendo, que ese fue el castigo por haberle robado a mi madre. De esto aprendí, que todo lo que va, vuelve. Igualmente, años más tarde, volví a robar. Esta vez fue a Jenny, una mujer boliviana que limpiaba la casa cuando yo era chico. Supongo que durante mi niñez tuve ambiciones materiales. Cada vez que veía un juguete que me gustaba, y que sabía que mis padres no me lo iban a comprar, buscaba la forma de obtenerlo, sin importar lo que tuviera que hacer para conseguirlo.
No sé por qué la mente, siempre encuentra la forma de hacernos sentir culpa por algo que ya pasó. Sin embargo, a medida que voy creciendo, menos me van afectando los juicios que plantea mi conciencia. Mientras estoy en la habitación, me acostumbro a estas cuatro paredes, y me pregunto porque las personas, cuando crecen, tienen la necesidad de vivir en espacios más grandes.
Elizabeth, me llevó a dar una vuelta por el hospital privado. Caminamos por un parque, lleno de árboles, y yo, volvía a saborear la libertad, aunque sólo fuera por unos breves instantes. Finalmente llegamos hasta un pequeño edificio con varias habitaciones, parecido a un hotel. Allí se albergaban pacientes más escuetos, que habían tenido buena conducta, dentro del pabellón. Lo primero que me llamó la atención, fue la higiene del lugar. Todo era infinitamente más amigable, en comparación con mi horrendo calabozo. También tenían un comedor luminoso, con televisión por cable. Allí los pacientes se reunían a jugar a las cartas, y a leer el diario. Qué maravilla pensé. Es increíble como empezamos a valorar, después de haber perdido. Pero eso no era todo. Al salir, me encontré con un fabuloso parque, donde uno podía sentarse a tomar mate, a la vez que los pájaros susurraban una canción insólita. En pocas palabras, era hermoso, o por lo menos, infinitamente mejor que la cripta donde me habían encerrado.
En ese momento, se acercaron dos doctores, que yo no había visto antes, y me dijeron, que era posible que en el transcurso de los próximos días, me estuvieran trasladando, a esta parte de la clínica. Esa noticia me puso muy contento, y me brindó nuevas energías, para seguir adelante. Sin embargo, yo estaba enojado con mis padres, porque entendía que todo este asunto de la internación, había sido a causa de ellos.
Meses antes de la internación, mis padres, habían empezado a traer psicólogos a la casa, debido a que ellos veían que yo no estaba bien. Yo me negaba a recibir a estos psicólogos, porque consideraba que a mi entender, yo no tenía ningún problema. Pero tal fue su insistencia en traer profesionales a la casa, que un día, agarré todas mis cosas, las metí en una bolsa de consorcio, y me fugué sin previo aviso. Javier, un compañero de trabajo, me acogió generosamente, sin miramientos. Yo le pregunté, si me podía dar alojamiento por unos días, hasta que consiguiera un departamento donde mudarme, y él no tuvo problemas. Pero esa misma noche la policía averiguó mi locación, y no tuve más opción, que ir a la clínica. Por esa razón, yo seguía enojado con mis padres. Pensaba que si ellos no hubieran insistido en traer profesionales a casa, nada de esto hubiera pasado.

Durante la mañana de hoy, estuve hablando con tres enfermeras que vinieron a ver cómo estaba. Yo les dije que me encontraba bien, y aproveché la situación, para enseñarles un comic que había hecho el mismo día, que me internaron en la clínica. El comic estaba mal dibujado, pero contaba en pocas viñetas, lo que había sucedido antes de la internación. Les gustó mucho, y estuvimos charlando un poco acerca de eso. Hasta que finalmente, se fueron.
En el transcurso de este último año, había tomado la decisión de separarme de todos mis amigos, con la única finalidad de empezar a vivir como un solitario. Pienso que cada instante en la vida, tiene su encanto particular. Pero sería incompleto si tratara de emularlo en un texto, porque sin duda que además, es una experiencia sensorial. Hay momentos en donde uno, no puede expresar la belleza que acaricia al corazón. Es algo así como querer explicarle a un ciego, como es el color amarillo. Mientras más me esfuerzo en interpretarla, más me alejo del hecho en sí. De chiquito mi abuelo siempre me repetía. Lo que cuesta vale. Al principio, no pude comprender la profundidad de sus palabras. Y me imaginaba levantando una pesada mesa, como símbolo de su moraleja. Pero con el tiempo, pude descubrir su misterio. Así fue como elegí el camino del pensamiento libre. El pensamiento, es sin lugar a dudas, más que un trabajo, es asimismo una responsabilidad. Pero el laberinto de la mente es sinuoso y escarpado, y si uno no conduce con precaución, es probable que la misma profundidad de la palabra, nos ahogue. Es simple, a veces el camino correcto, es el de no pensar.

Por la tarde, me recosté pesadamente en la cama, para escribir una breve reflexión, que me sostenía al pie de un risco. Es lógico que los tiempos cambien. Por eso nunca es tarde, para recapacitar sobre uno mismo. Encontrar que existen otras posibilidades, es a su vez, una forma de ampliar la percepción sobre las cosas. Abrir los ojos, mirándolo todo, como si fuera la primera vez, nos ayuda a prevenir el tedio. Como un niño que observa las cosas, y encuentra siempre un nuevo saber. Evitar ser aquel hombre lastimado, que al mirar a su alrededor, solo encuentra penas y remordimientos. Entonces pienso. ¿Cómo serían las cosas hoy, si no hubiera cometido tales o cuales desaciertos? Sin dejar de considerar que detrás de todo error, hay una enseñanza, voy descubriendo que puedo volver a abrir mis ojos. He vuelto a nacer, en un lugar en el que nunca he estado antes. Esta es mi casa ahora.

Estoy preocupado por mi empleo, no sé lo que mis compañeros y mi jefe, puedan pensar de mí. Espero poder salir pronto, de este lugar tan pero tan nada, en el universo.

Volvieron a darme la medicación. Intento con toda bravura, sobrellevar la suciedad, y el maltrato injustificado. No se puede hacer nada. No puedo hacer nada. Estoy atado de pies y manos. Soy humillado como un delincuente, que está próximo a la crucifixión.  Apenas puedo escribir. Deberían ver el esfuerzo que tengo que hacer para lograrlo. Es como si se me contrajeran todos los músculos de la mano. Eso sin contar  que tengo que entrecerrar los ojos, para evitar perder el foco, y hacer al menos, una letra medianamente legible. En cuanto a las visitas, me dijeron que el jueves de la semana que viene, vendrán mis padres. Esto no me preocupa, lo que me tiene sin dormir, es que el doctor Riva, me dijo que voy estar internado por lo menos quince días más. Quince días, aquí dentro, es una eternidad pensé. Después aproveché la ocasión, y le dije que me era imposible escribir, con la medicación que me estaban dando. Así que él me aseguró que la próxima vez, iban a cambiármela por alguna similar, que no tuviera esos efectos secundarios.

Me quiero ir a bañar. Necesito bañarme. Hacen casi dos semanas que no lo hago. Pero la puerta siempre está cerrada con llave. No se imaginan la ofensa que implica, estar así de sucio, y con la comida entre los dientes. Mientras tanto afuera, alguien termina de lavar los platos. Parece que va a llover. Oigo soplar un viento húmedo, que luego se filtra por la pequeña ventana enrejada, de la habitación. Este aire me reanima un poco. Es como cuando escucho a los pájaros cantar, por la mañana. Eso siempre me reanima.

Tengo miedo, estoy mucho tiempo sólo. La verdad es que no le deseo a nadie mi situación. El estar encerrado sin ver el sol, y sin poder hablar con nadie, lleva a que uno se asfixie irremediablemente, en la neurosis más oscura. Pero no todo es cuesta abajo, porque hoy me han prometido dos cosas. Un baño caliente, y las visitas de mis padres.

Ya son la una de la tarde. Mis padres ya deberían haber llegado, pero no hay noticias de ellos. Si no me equivoco, estamos a martes. Han pasado casi diez días, y aún me faltan cinco más. El tiempo de un hombre excluido, se estira como un chicle. Transcurre lento, como una respuesta urgente, que nunca llega. Intento arrimarme a lo insólito, con la esperanza de encontrar una caricia invisible, que me sobrecoja. Una caricia es lo único que deseo. No quiero una alfombra de hojas secas, ni tampoco deseo el olor a Jazmín en mi ropa. No deseo gatos negros en mi cuarto, ni mucho menos frutas dulces, ni riquezas. Solo quiero que me dejen en paz. Solo deseo recuperar mi libertad.

La puerta está cerrada y yo quiero salir. Sueño con desaparecer de mí. No ser yo, quien está aquí. Poder caminar hacia algún sitio sin dirección, dejando atrás este melancólico y hostil, tiempo de presidiario. Sueño con no ser yo, el que está en mi cuerpo. Porque aquí, y en todos lados, ya me conocen demasiado. No quiero ser yo, cuando dicen mi nombre. No quiero ser ese, que tú imaginas, pues ahora, me gustaría empezar de nuevo.
Desde la cama recostado, alcanzo a ver la ventana, no puedo ver a través de ella, pero alcanzo a observar un rayo de luz que se desnuda frente a mis ojos, y créanme, que no salgo de mi asombro. ¿Por qué estoy aquí? ¿Porque tanto desengaño, y para qué tanta controversia, por mi estado mental? Supongo que si estoy aquí, por algo debe ser. Pero nada puedo hacer al respecto, solo me resta ser paciente. De hecho lo soy. Soy un paciente. Espero que mis pensamientos, dejen de repetirse, y que las palabras, vuelvan a fluir de manera natural. Eso sería como regresar oportunamente, a la normalidad. Sin embargo, no puedo fingir que estoy contento. Aunque trabaje sin entender nada de lo que está pasando, no puedo evitar sentirme incompleto.

Me gustaría saber, qué clase de medicación me están dando. Hacen casi diez días que estoy aquí, y aún no he recibido ninguna información. Por lo menos, me han permitido bañarme y afeitarme. Supongo que por hoy, ya es mucho. Es bueno sentirse un hombre normal. Ahora me gustaría darle a mis padres, algunos de mis manuscritos, para que vean lo mal que me están tratando aquí adentro. Mi vida aquí dentro, se pone cada vez más dura. No me causa ninguna gracia, que el doctor Riva me deje encerrado en esta fosa, por un lapso de quince días. Para ese tiempo, yo ya me voy a haber convertido en un vegetal, y toda mi vida, tenderá a la depresión y al suicidio. A veces me pregunto qué hubiese hecho, si estaría en el lugar de mis padres. Seguramente sabiendo como es este lugar, no internaría a mi hijo en esta clínica.

Por la mañana, viene Daniel, el enfermero. Me pregunta cómo estoy. Yo le digo que me siento desesperado, y que no aguantó más estar encerrado aquí. Entonces con un tono compasivo, me dice que lo único que puedo hacer, es procurar buena conducta, y saber esperar. Yo le digo que necesito recibir visitas, porque me encuentro muy solo, y el silencio, ha cavado muy hondo en interior. Pero la conversación se hace más densa, cuando le manifiesto que no estoy de acuerdo en tomar la medicación. Cuando esté seguro de que la medicación me sirve, la tomaré, pero mientras tanto, no pueden obligarme a que la tome. Entonces Daniel, me dice que tengo que confiar en ellos, y entender que es por mi bien. Así que no tengo otra alternativa que tragarme mi orgullo, junto con la medicación. Justo después de esta charla, me quedo solo. Me siento abatido, pues la voluntad del mundo se pone nuevamente por encima de mi deseo, y es inútil luchar contra ella. Es como querer nadar contra la corriente. Solo me queda ser el conejillo de indias, en esta siniestra prisión. Así que me tomo la medicación, y por adentro se desata un combate feroz. Estoy convencido de que no la necesito, y sé que mis padres, son los protagonistas de toda esta historia.
En vista de mi necesidad de hablar con alguien, los doctores me dejaron hacer algunos llamados telefónicos. Primero, llame a mi casa, pero no me atendió nadie. Luego, llamé a mi abuela, y me atendió un contestador que decía. Esta casa no se encuentra habilitada para recibir esta clase de llamadas. Y finalmente, traté de llamar con el cobro revertido marcando el diecinueve adelante, pero tampoco tuve respuestas. Así que volví a la habitación, con la horrible sensación, de que ningún familiar, estaba interesado en saber cómo estaba.

Al día siguiente, me permitieron ir hasta la enfermería y conversar con Daniel. Le conté acerca de los problemas con mis padres, y de todo el proceso que atravesé antes de entrar a la clínica. Mientras tanto, él trabajaba separando los medicamentos para los pacientes. En definitiva, tuve la ligera impresión de estar hablando con una pared.

El día de visita acaba de pasar. Nadie ha venido a visitarme. Yo, me he esforzado mucho para no sentirme angustiado, pero por más que trato, no puedo evitarlo. Por la tarde, me permiten caminar por el jardín, de la parte que está afuera del pabellón. Hay mucha gente internada, más de la que yo me había imaginado. A pesar de estar encerrado, en una celda tan inmunda, descubrir el jardín, con sus árboles, plantas, pájaros, y hasta teléfonos públicos, me pareció un capítulo de otra historia. La luz del sol, encandiló mis ojos, y me costó mucho trabajo ver con claridad, pues estoy acostumbrado a la penumbra de mi celda. Lo maravilloso sucedió cuando mis pupilas, se adaptaron a la refulgencia del lugar.

El enfermero Juan, es un tipo de pocas palabras. Se llama Juan, igual que yo, y es el que me alcanza la ropa, cada vez que me tengo que ir a bañar. Otras veces, me alcanza el afeitador eléctrico. Juan, es de contextura física grande, y tiene una sonrisa agrietada como ninguna antes. Por las mañanas me trae el mate cocido, y la porción de pan francés. Pero eso no es todo. En ocasiones, es el encargado de darme la medicación que yo tanto aborrezco. El doctor Riva, siempre me dice que la medicación, es para aflojar los músculos. Pero para qué quieren aflojar mis músculos, si yo no soy una persona violenta ni mucho menos. La verdad, no entiendo la lógica.

Todo está de cabeza, y yo no tengo nada más que una historia para contar. Me molesta el hecho de saber que cuándo salga de acá, todos me van a mirar como a un loco solitario. Pero una cosa es la soledad cuando vos la elegís, y otra cosa es la soledad cuando te la imponen a la fuerza. Por eso estoy tranquilo, a pesar de mi situación, duermo con la conciencia limpia. Lo único que me resulta un problema, es encontrarme frente a frente con esta realidad adversa, que me demanda un coraje desmesurado, para poder sobrellevarla. Me hiere en el orgullo, estar internado en esta clínica de locos. Todos los días son exactamente iguales. Vivo casi sin pensar, y sin hacer nada por nadie, pues nadie hace nada por mí. Sólo deseo que el tiempo transcurra, para verme al fin, libre de estas ataduras. Pero tengo la impresión de que antes, debo aprender a cortarlas por mí mismo. Ya sé que si estoy aquí es por algo, pero la pregunta es. ¿Por qué? ¿Acaso es por haberme fugado de la casa de mis padres? No, no lo creo, lo que es seguro es que mis padres también tuvieron que ver con todo esto. Yo supongo que estoy internado, por haber decidido estar solo. Y cuando digo sólo, créanme que es sólo.

Me molesta que no le permitan a un hombre elegir el camino que quiere seguir. Pues tarde o temprano, es uno mismo el que llega a la conclusión, de entender si fue correcto o incorrecto, aquello que eligió. Al fin y al cabo, las conclusiones siempre se deducen a raíz de una experiencia. Tengo que reconocerlo, soy la clase de personas que busca encontrar la verdad por cuenta propia. Siempre he preferido elegir mi propio camino, y no que otro lo realice por mí. Supongo que mis padres, ya tenían en mente aquello que yo debía hacer. Y al revelarme contra ellos, eligiendo por mí mismo, no hice más que despertar su enorme preocupación por mi futuro. Sin embargo, yo no me puedo arrepentir, porque todo el tiempo elegí lo que quise hacer. Aunque hoy estoy sufriendo por mi esclavitud, mañana recordaré este suceso, como aquella vez donde al fin cobre valor para manifestar mi elección.

Los enfermeros, no se han dado cuenta aún, de que no estoy tomando la medicación. Cuando ellos me la dan, la escondo debajo de mi lengua, y me trago el vaso con agua. Así cuando se van, la escupo en la rejilla, y nadie se entera. Yo me pregunto, ¿acaso no se puede tratar a un paciente a través del diálogo, sin la necesidad de suministrarle una droga? Yo estoy abierto a escuchar opiniones. Pero lo cierto, es que nadie se acerca a hablar conmigo, solo me tienen aquí encerrado. Ni siquiera los perros, la pasan tan mal como yo.

Necesito un poco de compañía, paso mucho tiempo sólo. Y por más que escriba, y escriba, nunca podré alcanzar a entender las razones de por qué estoy acá. Tampoco entiendo para qué tomo una medicación. No comprendo qué cosas funcionan mal, en mi mente.
La buena noticia, es que quizá mañana, me estarán trasladando a otro sector de la clínica. Allí, seguramente encontraré más libertad que aquí, dado que hay un gran jardín, un comedor con televisión, y habitaciones limpias donde poder descansar. También, me han dicho que hay actividades para los pacientes, y aunque si bien yo estoy interesado en las actividades artísticas, no puedo negar, que un poco de deporte, me vendría bien, pues hacen más de diez días que ni siquiera camino. Espero que los pacientes del otro sector, no sean tan extravagantes como los que están aquí.  Suicidas, homicidas, violadores, golpeadores, secuestradores, ladrones. En fin, sí que dan mucho miedo. Mientras tanto, no puedo dejar de pensar en mi tío Héctor. El encajaría muy bien en un lugar como éste. Para quienes no lo saben, mi tío es alcohólico. La bebida le ha hecho muy mal, pero no sólo a él, también a su familia, o sea mis primos y a mi tía. Sin olvidar a mis abuelos, que también viven con él.

Ya deben ser como las siete de la tarde, ahora están repartiendo la comida. La comida en este lugar es horrible. Anoche me agarró una fuerte diarrea con vómitos. El vómito fue producto de una acidez, que me agarró después de comerme una porción de faina, y otra de mozzarella. Pero el detonante fue una de cebolla con queso, que estaba impasable. Tuve que comerla, porque estaba hambriento de verdad. El postre no creo que haya tenido nada que ver, pues fue una gelatina. A veces es preferible pasar hambre, que comer mal.

Me levanto por la mañana, es un nuevo día. Afuera se ha largado a llover con todo, y yo mientras tanto, me tomo un mate cocido, con un pedazo de pan francés. Me recuesto en la cama, y me armo de paciencia. Salir de aquí será cuestión de tiempo.
Al mediodía, me dan para comer arroz con queso, pan, y un membrillo de postre. Dicen que comiendo esto, me va a parar la descompostura. Es la primera vez desde que estoy en la clínica, que se preocupan por mi salud. Al menos es una señal de humanidad. No todo está perdido.

Creo que estoy engordando. Afuera sigue lloviendo y parece que continuará un largo rato. De vez en cuando golpean fuertes truenos, que me sacuden de la cama. Pero me gusta la lluvia, porque me hace sentir protegido por un techo.
Me acuerdo de Ana Clara. Que hermosa que era. Tal vez la mujer más hermosa que jamás valla a conocer. Siempre me reprocharé, no haber podido conservarla junto a mi lado. Sin duda el amor, es algo que todavía debo aprender. Recuerdo una vez que hablábamos por teléfono, y yo le prometí escribir una canción acerca de ella. Todavía se la debo.
Tengo que pedirle a Elizabeth, una lapicera, porque veo que está ya se me está acabando. Mientras tanto, sigo esperando el traslado al otro sector de la clínica.
Por la tarde, viene la enfermera Elizabeth. Yo aprovecho para pedirle varias cosas. Le pido una lapicera, le pido bañarme, que me den ropa limpia, y le pido la afeitadora. Ella me dice que no tengo permitido afeitarme, por cuestiones de seguridad, y que tendré que dejar que un enfermero, lo haga por mí.
Acaba de cesar la lluvia. Me recuesto sobre la cama de rocas, y pienso en el pájaro cardenal que tenemos en casa. Se llama Piti, y está encerrado en una jaula, como yo. Ahora lo entiendo, pobre animal. El alimento sabe de otra forma, cuando es otro quien lo procura. Quizás por eso a Piti le costaba comer. Moviéndose solo, de lado a lado, encerrado. Pobre pájaro cardenal.

Percibo que aun, estando aislado, hay una vida, un misterio que debo averiguar. Me pregunto qué es lo que me sostiene, aun sin tener nada. Siento la respiración entrar, y salir. No pienso en nada, sólo me dejo llevar. Sé que estoy perdido, y aislado. Pero a pesar de estas circunstancias extremas, hay algo infinitamente santo, que me sostiene del brazo, justo antes de caer al abismo del olvido. Puedo rehabilitarme con cada instancia, pues entiendo que hay algo, que me mantiene vivo, y respirando. Hay un vacío que va tomando forma. Es como la tensión que existe en este estrecho espacio entre nosotros. Por eso mientras el tiempo va pasando, voy comprendiendo que lo fundamental, es difícil de ver, porque es invisible. Pero el que sea invisible, no implica que no exista, o que en su defecto necesitemos de algún elemento extra, para poder digerir su esencia. El elemento está siempre presente, y no debemos salir a buscarlo, pues ya está aquí. Me refiero a la respiración. Respirar y exhalar suavemente poniendo el foco en este algo muy pequeño, es gratificante, pero escurridizo. Es tan escurridizo, que llegamos a pensar que nos lo han robado. Pero no, esto es algo que nadie puede robarnos. Esto es algo permanente y continuo, que está incluido en cada cosa que hacemos. Lo que pasa es que es tan básico, que nadie puede creerlo. Siento la respiración, y no pienso en nada más. Esto me mantiene vivo. Me desprendo de todo, no necesito nada más.

Elizabeth me acaba de informar, que me quedaré en esta habitación hasta el lunes. Lo cual representan seis días más de encierro. Después de eso, pasaré al otro sector de la clínica. Más conocido por los doctores, como Alsina.
Acabo de terminar de comer. Elizabeth me sugirió que cada vez que hablara con el doctor Riva, le planteará la necesidad de ver a mis padres. Pero yo estoy muy enojado con ellos, no sé si podré hacerlo.

Recién me he levantado de dormir. Me despertaron los portazos que han estado dando, en la puerta de al lado. La noticia, es que han venido los enfermeros, y se han dado cuenta de que escondía la medicación debajo de mi lengua. Así que me han obligado a tomarla. A pesar de que estoy enojado con mis padres, siento la profunda necesidad de verlos. Necesito pedirles que me ayuden a salir de aquí. Sin embargo, tengo que reconocer que en cierta medida, el estar aquí o allí, es exactamente lo mismo. Sólo hay una pequeña diferencia, la libertad.

El doctor Riva, ha decidido que aún no estoy apto para pasar al otro sector de la clínica. Pues me ha preguntado qué pensaba de mis padres, y yo le he respondido que si pudiera hacerles juicio, se los haría. Así que me han vuelto a encerrar, y me han inyectado un sedante para calmarme. He perdido la posibilidad de la salir de aquí. Ya casi no puedo escribir, me duermo.

Por la tarde viene Gabriela y Mariana. Me piden ver el cómic, que dibujé cuando llegué a la clínica. No sé qué información puedan obtener de mí, analizando este cómic, pero si sirve para aclarar la historia, bienvenido sea.
La tarde está muy agradable. Tengo puesto un buzo azul, y aún me resisto a la idea del medicamento. Ellas me dicen que no tengo alternativa, y que por ahora, estoy obligado a tomarlo. Gabriela y Mariana, me hablan como dos viejas amigas. Al fin una sonrisa autentica, pienso.
No sé de qué tengo que recuperarme, les digo. Ellas se miran, y no me contestan. Pero antes de irse, me entregan un paquete de cerealitas con sabor a banana, y otro paquete de caramelos coutfler. Me alegra saber que no todos, desean aniquilarme. Saludan, y se van.

Pienso que ahora, de nada sirve escapar. Encuentro de vital importancia, aprender a permanecer en un lugar. Como el árbol que clava sus raíces sobre la tierra, para acechar furtivamente, el movimiento leve de las cosas. Esta es mi actitud.
Por la mañana, Carlos me despierta y me conduce al baño para que me lave el pelo. Me pide que me peine prolijamente, me da unos consejos al pasar, y se va. Me quedo solo, una vez más.
En la habitación, no corre ni una mosca. Todo parece muerto, y yo sin poder salir. No tengo nada para hacer, pero si tengo mucho por escribir. Porque cuando a uno le privan de su libertad, la única luz posible, es la que proviene del alma. Todos los días, escucho desde mi celda, como pasan lista en la sala, nombrando a cada uno de los internos, por orden alfabético. A medida que los van llamando, ellos se acercan a tomar la medicación. Yo había tenido la posibilidad, de estar en ese comedor, junto con los otros internos. No en Alsina, si no en el otro comedor, donde están los peores locos. Allí las personas, siempre te quieren dar la mano, para pedirte después, un cigarrillo. Los cigarrillos en esta clínica, son lo más difícil de conseguir. Para obtener un atado, es crucial tener buen comportamiento, pero nadie sabe comportarse. Una, o dos veces a la semana, viene un hombre con una caja llena de cigarrillos, y las reparte entre los pacientes. Para los internos, es la única divinidad en la que se puede creer. Es el santo del tabaco. A mi poco me importan los cigarrillos, dado que soy asmático, y no puedo fumar. Si el santo del tabaco viniera a verme, le pediría que me saque de aquí.

Por la tarde de hoy, el doctor Riva me llevó a su consultorio, y me mostró dos fotos de Marte, que legitimaban formas posibles de vida. Una de esas imágenes, era una calavera. Y la otra, un charquito de agua, que había en uno de los cráteres del planeta. Yo supongo que me quiso dar entender, que no estábamos solos en el universo. Una deducción absurda, para una persona ermitaña como yo. Esto no significa que desprecie a las demás personas, le dije. Usted debería saber mejor que nadie, que yo quiero estar solo. ¿Acaso no tuvo suficiente, encerrándome en esa cueva? Me gusta la soledad, como medio para entender lo que soy. Es simple, no entiendo como no pueden entenderlo. El doctor se quedó mirándome en silencio. Yo lo miré unos segundos, y luego le dije. Mi abuelo Rodolfo, cuando yo era muy chico, me narraba historias de extraterrestres y marcianos. Me divertían las historias, me hacían dormir. Solo que eran muy fantasiosas, aun para un chico de mi edad. ¿Usted espera que yo crea en esto ahora? El doctor se echó a reír, y me dijo que había leído algunas cosas de mis diarios, y que le habían gustado. Luego me preguntó. ¿Aprendiste algo de todo esto? Yo le pregunté de qué, y él me dijo, de tu estadía en la clínica. A sí, le respondí. Aprendí que yo no necesito de nada para vivir. Y que quizás, lo esencial, es tener un trabajo para sustentarme, fuera de eso no necesito de nada más. El doctor, esgrimió una mirada absorta, y no contesto nada. Luego le pedí, si podía conseguirme lápiz y papel, para escribir. Él me dijo que sí. Así que me regaló un pequeño bloc de hojas. Mientras charlábamos, un paciente que estaba esperando en la puerta le dijo. ¿Y a mí no me atiende? A lo que él respondió, sólo a mis pacientes más enfermos.

Segundo día de visitas. Mis padres han venido, pero yo no he podido verlos. En cambio, me han traído otra bolsa con diferentes cosas. Algunas lapiceras, crayones de dibujo, y otro bloc de hojas para escribir. Me llegan estos regalos de parte de mis padres, y pienso. Fueron los mismos que me pusieron aquí. Después de quince días, es la primera noticia que tengo de ellos. Ya no es más que pensar. Recibir estos regalos, me pone contento. Porque de alguna manera, son necesarios para que yo pueda trabajar, y poner mi cabeza en algo. Pero por otra parte, me cuesta perdonar a mis padres, porque entiendo que habían otras formas de encarar el asunto. Y ahora, al haberme internado, me han marcado para siempre. Frente a mis amigos, frente a mis compañeros de trabajo, frente a mis familiares, frente a todos. Hoy por hoy, no puedo salir afuera de esta habitación. Estoy tomando medicación tres veces al día, y ninguna de las personas que están aquí, puede ayudarme. Lo único que puedo hacer, es estar bien, tratar de estar bien. Me cuesta mucho, hacerle un margen a mis pensamientos, y decirles lo que ellos quieren escuchar. Pero sé que es necesario. Primero para que el doctor Riva me conceda ver a mis padres, y segundo, para poder pasar al otro sector de la clínica. Al pabellón llamado Alsina.

Voy al baño y hago líquido. La comida aquí es terrible. Creo que lo que almorcé el otro día, fue lo que me hizo mal. Tortilla de verdura, y de postre, un huevo de chocolate, por las pascuas que se festejan este fin de semana. Que linda atención.

Yo estudio la soledad de un hombre, porque me parece que es allí, donde más estable se vuelve una persona. Hacia el mediodía, un enfermero pelado, vestido con delantal blanco, se asoma por la ventana de mi habitación, y me pregunta. ¿Cómo estás? Yo le digo que bien, porque particularmente disfruto de la soledad. Le digo que esto me permite concentrarme en lo que escribo. Entonces él me dice. Me alegro, si eso te pone feliz. ¿Te puedo dar un consejo?, me dice. Yo le digo que sí, claro. Cuanto más tranquilo estés, más rápido vas a salir de acá. Bueno le digo, te lo agradezco. Ya van a hacer veintiún días que estás en la clínica, y lo primordial aquí, es hacer como que no te querés ir a nunca. ¿Entendés? Si entiendo, pero no es fácil, contesto mirando al piso. Igualmente no te preocupes, mañana te traigo más información. Así se despidió el pelado, dejándome la puerta abierta de la habitación. Pero fue muy pronto para sentirse libre, por qué dos personas que pasaron caminando, me cerraron la puerta de golpe.

Llega una enfermera, compañera del doctor Riva, y me pregunta cómo estoy. Para ser más específico, me dice. ¿El doctor Riva quiere que te pregunte cómo estás? Entonces yo respondo. Estoy bien, por la mañana me levanté con fuerza y estuve escribiendo un buen rato. Le digo que como me gusta la soledad, no me siento tan mal. Pero prefiero la soledad, cuando la elijo, no cuando me la imponen. Según el doctor Riva, lo malo que tengo, es que soy muy ansioso. ¿Usted cree que yo soy ansioso? Ella no contesta.

Capítulo 2.

Pronto el tiempo, es como un polvillo que flota en la nada. Pronto el espacio, es sólo una imagen sin contenido. Pronto el estar aquí, significa estar en otro lado. Pronto el estar despierto, es como estar soñando. Pronto lo que parece muy valioso, no cuesta nada. Pronto aquellos que decían conocerte, se olvidaron de ti. Pronto nadie te paga dinero, por tu trabajo. La vida para mí, en este momento, consiste en hacer de la realidad, algo menos agresivo, y hasta dulce, si fuera posible.

Por favor tráiganme algo, acuérdense de que estoy aquí. Por favor, alcáncenme una sonrisa, un beso, por favor no se queden allí, como si nada estuviera pasando. No me tengan miedo, acérquense. Cuéntenme algo bonito. Tengo la horrible sensación de que ya nadie piensa en mí. Me siento naufragando en el océano infinito. Atrapado en la quietud del tiempo. Voy buscando entre los rincones, algún consuelo que justifique mi vida. Sólo me queda la noche para dormir. La salvación de un sueño, que llega para curar las llagas en mi corazón. De nada me sirve estar aquí, si no me recompongo. La herida que la soledad abrió en mi interior, estoicamente será sanada. La pregunta es cuándo.
Comienzo a entender, por qué la gente escapa a la soledad. Todos, necesitamos ser atendidos por alguien que nos escuche. Y cuando eso no sucede, el discurso se hace ruido en el desierto. Me pregunto. ¿Por qué uno comienza a valorar, después de haber perdido? Ahora más que nunca, quisiera encontrarme con mis padres. Necesito charlar, acerca de todo lo que ha pasado. Yo sé que esto está mal, que no debería estar aquí. Lo único que me queda, es el consuelo de saber que yo lo elegí. Que fue mi culpa. Debo tener paciencia, y aprender a esperar. Porque las respuestas más urgentes, siempre llegan con el tiempo que nadie advierte.

Me levanto por la mañana. Me pongo las medias, las zapatillas, y el buzo. Hace una semana, que no me baño, ni me lavo los dientes. Este lugar es así. Uno va perdiendo todos sus derechos lentamente, hasta quedarse sin nada. Ahora ensayo un discurso. El doctor Riva, es conmigo, una excelente persona. Yo me pongo muy contento, cuando viene a visitarme. Ahora mismo, me gustaría verlo, para que me dejara hablar con mis padres. Si entonces viniera, le diría. Doctor Riva, hay algunas cosas que me gustaría saber con respecto a mi vida. Por ejemplo. Me gustaría saber si mi trabajo está a salvo, o se ha perdido. No sé si sería usted tan amable de concederme un baño. Si no es mucho pedir, me gustaría lavarme los dientes. Dicen que la higiene personal, recompone el buen humor. Sabe usted, cuando me miro al espejo, y me veo sucio y desprolijo, tengo la impresión de haber hecho algo malo. Usted cree que soy una mala persona doctor. Le contaré un secreto. Cuando pienso en mis padres, y en mis hermanos, la nostalgia de lo perdido comienza a invadirme. Es como si el mundo se derrumbara alrededor de mí, y una gigantesca daga se clavara en mi pecho. Ayúdeme doctor. Dígame si esta cárcel, es una prueba más que debo superar. No deseo quitarle tiempo valioso doctor Riva. Pero me preocupa mi trabajo. Si lo perdiera, tendría que empezar todo de cero. Quizás con mi cámara de video, y la computadora que me he comprado, podría filmar fiestas, o hacer videos de casamientos. ¿Usted está casado? ¿Podría filmar su fiesta? Pero no debo apresurarme, aún no he perdido las esperanzas. Debo estar tranquilo, y no ser pesimista. Acaso no se ha dicho, que lo que no nos mata, nos hace más fuertes. Tal vez la maestría de un hombre, esté en la forma de categorizar los sucesos azarosos, que aparecen súbitamente en su vida. Tanto los que van por dentro, como los que van por fuera. Todos son importantes. No sé dónde lo he escuchado Doctor, pero también dicen, que cuando uno se ayuda a sí mismo, casi sin quererlo ayuda a los demás. Gracias por su tiempo Doctor, espero no haberlo molestado con mis problemas.

Le pedí a Carlos el enfermero, si podía bañarme. Ya hace una semana que no lo hago. Comienzo a darme cuenta, de lo importante que es mantenerse limpio. La higiene ayuda a que uno se sienta más humano.
Así que voy caminando por el pasillo hasta el baño. Parece mentira pero la experiencia de salir de esta jaula es preciosa. Abrir la ducha, es como un bautismo en estas circunstancias. Como extraño la libertad, pienso mientras me enjuago la cabeza. Descubro que estoy perdiendo mucho pelo. Deberían ver mi almohada y las sábanas. Todas llenas de pelo. No sé si pierdo pelo por los nervios, o por qué hace mucho tiempo que no me baño. Además, mi aliento tiene un hedor fuertísimo. No es justo que me tengan así. No tengo pijama, por eso duermo con la ropa, y mis calzoncillos, son los mismos desde entonces.
Ya no me niego más a tomar la medicación, he decidido que lo mejor que puedo hacer, es obedecer a todo lo que me piden los doctores. Tal vez así, salga más rápido.
Después de bañarme, los enfermeros me encierran de vuelta en la habitación. Yo me quedo sentado en mi cama, mirando la pared blanca. Y aunque respiro suavemente, jamás en toda mi vida, atravesé por un dolor más grande que este. Pero debo ser prudente, porque si abro la boca, es posible que comiencen a darme medicaciones más fuertes. Hacen ya veintidós días, que estoy en esta celda. Pero parece como si hiciera un año. He aprendido el arte de meditar, no por gusto, sino por necesidad. Necesito darle un descanso a mi mente, y dejar que los pensamientos fluyan, sin oponerme a ellos. Con la meditación, puedo encontrar mi silencio interior. Eso me devuelve tranquilidad, separándome del caos y la confusión, que rige en esta clínica. Un enfermero anónimo, pasa furtivamente y deja abierta la puerta de mi celda. Ya tengo acceso libre para ir al baño. Esto parece insignificante, pero lavarme los dientes y bañarme cada vez que quiera, es al menos, un paso más. También tengo la posibilidad de ir al comedor central. Allí hay un televisor, pero también están los demás internos, y en este momento no se si estoy en condiciones de hacer amigos. En este lado de la clínica, los internos son los peores, prefiero estar solo, antes que estar con ellos. No lo digo por simple prejuicio, sino porque tengo la experiencia de haber tratado con ellos, y créame, no es fácil.
Elizabeth me dijo esta tarde, que mis familiares iban a venir a visitarme. Debo refrescarme y tratar de aparentar lucidez. No quiero que me vean mal. Cuando venga el doctor Riva, le voy a pedir que me dé una segunda posibilidad, de ir al otro sector de la clínica. Al pabellón llamado Alsina. Le diré que ya no siento odio contra mis padres, pues comprendí que estoy aquí por mi culpa, y no por la de ellos. Los doctores me han dicho que vengo portando me bien. Esto facilitara mis demandas. Ya no quiero que vuelvan a inyectarme ninguna droga. ¿Pues como un narcótico, podría enseñarme como debo actuar?
Mi situación me recuerda a la película “Mar adentro”. La historia habla sobre la vida de un escritor tetrapléjico, que lleva adelante una feroz lucha por vivir. Desde su cama, va escribiendo con su boca, hasta que finalmente pasado veinticinco años en esas condiciones, se quita la vida. Imagínense, para mi hacen solo veintidós días que estoy aquí encerrado, y aún con la facultad de poder mover todas mis extremidades, me siento destrozado. Pasar veinticinco años en una cama, y tetrapléjico.... habrá sido indescriptible el dolor de ese hombre, me da vértigo el solo pensarlo. Tal vez el doctor Riva tenga algo de razón, cuando dice que yo soy muy ansioso. Porque yo quiero mi libertad, ahora mismo.

Me han permitido afeitarme y bañarme. Pero me he tenido que lavar la cabeza, con un jabón que me dio Josefa, la mujer del guardarropa. Dado que el champú, el desodorante, la pasta dental, y el cepillo de dientes, han quedado en el bolso azul, que dejaron olvidado en Alsina. Al salir del baño, me dieron algunos alfajores y golosinas, que me han enviado mis padres. Es la única noticia que he recibido de ellos en veintidós días. Me pregunto por qué no me dejan ver a mis padres. Ya no estoy enojado con ellos. Según me dicen, mis padres, vendrán mañana o el martes. Mientras tanto, yo me iré a dormir, para que el tiempo pase más rápido. Lo único agradable que me queda, es el sueño. Quizá no soporte esta soledad, porque esta soledad, es diferente. Esta soledad, es estar enjaulado. Aún no domino el arte de la meditación, me cuesta detener mis pensamientos y relajarme. Pero me esfuerzo por mantener la calma. Créanme que me esfuerzo.

En el pabellón de Alsina, puede que tenga algunos derechos más que aquí. Como por ejemplo, tener la posibilidad de ir y venir por los diferentes rincones del parque, hablando con personas aparentemente más normales que estas, ya es un privilegio. Necesito recibir la mano afectuosa del ser humano, aunque sólo provenga de un interno. También, necesito de alguien que pueda escuchar mis penas, aunque no las entienda. ¿Pero a quien podría interesarle la vida de un marginado? Yo los entiendo, pues uno ya tiene bastante con su propia desgracia.
El doctor Riva, debería comprender que no pido mucho. Solo quiero que me saquen de esta habitación. Necesito volver a ver el sol, y los árboles. Ahora entiendo que miente quien dice que con escribir, se pueden curar las heridas. Pues hace tiempo que vengo escribiendo, y aún sigo sufriendo igual, o peor. Quien tiene problemas en su vida, no los resolverá sólo con el acto de escribir. También se necesita autocritica, para poder enmendar los errores. Yo, aquí dentro, me he vuelto preso de la escritura. Todo lo que hago en esta celda, es escribir. Y aunque no alcance a entender los motivos que me trajeron aquí, no puedo hacer otra cosa que escribir sobre mi sufrimiento. Sea lo que fuere que haya hecho, habrá sido muy grave como para decir encerrarme en esta celda. Recuerdo cuando iba caminando por la calle, desbordante de felicidad y alegría. Que días aquellos. El solo el pensarlo me hace sentir mejor. Me resisto a tener que abrir mis ojos por enésima vez, y encontrarme aquí de nuevo. Aislado del mundo como si fuera una amenaza para los demás. ¿Cómo podría alguien que ha conocido la libertad, encontrarse a gusto con el encierro? ¿Cómo podría?

Por la tarde, ya me encuentro más tranquilo. He estado en silencio durante largo rato, y eso me ha ayudado, a equilibrar un poco mis emociones.

Son las ocho de la mañana, y ya han comenzado a pasar lista otra vez. La señora Nelly, va llamando nombre por nombre, y los pacientes, van a tomar su medicación. Se escuchan bostezos y algunas blasfemias. Yo me levanto sobresaltado. No estoy habituado a esto. Nadie en su sano juicio, podría hacerlo. Este lugar es lo más similar a una cárcel, ya lo he dicho en varias ocasiones. Para mí este lugar, es la desolación del alma. Un desierto, por donde van naufragando los cuerpos, mendigando un poco de paz espiritual. A mí me es muy difícil soportarlo. Dado que estoy acostumbrado al cariño de mis padres, y al afecto que en general, me tiene mis hermanos. Yo siempre me digo a mí mismo, que esto es como una pesadilla de la cual quiero despertar. Pero por más que me pellizque, es demasiado real. No puedo negarla. Aquí paso la mayor parte del tiempo en silencio, y apenas puedo moverme, sólo tengo mi habitación y el pasillo, para caminar. Además de mi celda, hay otras cuatro habitaciones idénticas a la mía, pero con la diferencia de que ellas tienen las puertas cerradas. Me siento un privilegiado, pues tengo la libertad de ir al baño cada vez que quiera. No es un sarcasmo. Ya he sufrido esa situación, mucho tiempo. Si a uno le venían ganas de ir al baño, debía aguantarse hasta que un enfermero le abriera la puerta. Pero los enfermeros nunca están cuando se los necesita. Lo sé, porque he tenido que aguantarme durante horas, antes de que alguien, me abriera la puerta. En algunas ocasiones, hasta he tenido que hacer mis necesidades en la celda, para dormir luego, bajo el olor rancio de la orina. Créanme que es horrible. Los enfermeros, venían como siete veces en el día. De las cuales cuatro, eran para la comida, y otras tres, eran para la medicación. A mí ya me habían dicho que me estaban retirando la medicación. Pero yo sabía que eso no era cierto, sólo lo decían para mantenerme calmado.

Últimamente, he hablado con el doctor Riva, indicándole que errar es humano, y perdonar, es divino. Le dije además, que sin amor, un hombre no puede vivir. Así me siento yo, como un hombre sin amor. Pero el doctor Riva, no parece prestarme atención. Es como si lo que le dijeran, le entrara por un oído y le saliera por el otro. Sin duda, es un psiquiatra entrenado para hacerse el sota.

Nadie maneja el timón de este barco. Solo me queda vivir el día a día, sin pretender demasiado. Por el momento, me mantienen en pie las pequeñas actividades que hago diariamente. Cambiarme de ropa, cepillarme los dientes, bañarme, comer, y charlar con los médicos. Todos mis sueños e ilusiones, se han desvanecido, y ahora tengo que jugar el juego que ellos quieren. Desde que estoy en la clínica, noto que el tiempo, transcurre de manera distinta al tiempo de la ciudad. Todos mis movimientos, son minúsculos e imperceptibles, en relación a los movimientos de la urbe. Es increíble cómo cambia la vida de un hombre, cuando vive sin hacer nada. Es como ir descendiendo lentamente, hacia el abismo interior. Explorando los miedos, y conviviendo con la gigantesca miseria, del extremo aislamiento. Pero debo tener fe. Pues de todos modos, la realidad denota un trayecto, un recorrido. Es como ir caminando por el medio del desierto. No hay nada atrás, ni tampoco adelante. Todo parece lo mismo, y por más que camine y camine durante horas, parece como si siempre estuviera en el mismo lugar. Muchos en mi situación, estarían tentados a tirarse sobre la arena, y a dejarse morir. Pero yo no. Porque sé que cuanto mayor sea mi sed, con más gusto beberé el agua.

Hablé con el doctor Riva, y me dijo que para mañana martes, o que para pasado miércoles a más tardar, me iban estar consiguiendo una cama en Alsina. Esta noticia me pone muy contento. Al fin mi ciclo en este pabellón está terminando, al fin saldré de "hombre nuevo".

Capítulo 3.

Todo fue mucho más rápido de lo que imaginaba. ¡Al fin estoy en Alsina! Éste es un avance para mí muy importante. Quien sabe, quizás en algunos días me den el alta. Además he podido hablar con mi madre. Pueden creerlo, han pasado treinta días sin saber nada de ella. Ahora ya me siento más aliviado.

Salgo al jardín, para limpiar mis pulmones de todo el encierro que han estado inhalando. Me quedo sentado un buen rato, y observo cómo los demás pacientes, se reúnen a escuchar la radio y a tomar mate. Otros como yo, simplemente están sentados en los bancos, con la mirada perdida en la nada. El día está fresco. Hay mucho espacio verde. En el centro de la plaza, hay un jarrón con flores. Cuanto hacia que no veía flores. Todo parece nuevo para mí. Éste es un bonito lugar para sentarse a meditar. A veces la meditación resulta mucho más efectiva, cuando el lugar es agradable. Estoy contento, por haber salido del pabellón llamado "hombre nuevo". Pero me preocupa pensar que otro, ha entrado en mi lugar. Lo mismo sucede con la vida, uno supera una situación, mientras que otro está enterando en ella. Me pregunto, ¿qué consejo podría darle, a quien ahora está pasando por la misma situación que yo pasé?  Quizás escribir, es una forma de no perder la experiencia ganada. Me sentiría muy bien si mi ejemplo pudiera ayudar a otro.

Hoy por la mañana, fui averiguar por un taller donde se puede dibujar libremente. La profesora se llama Mariel. El taller parece bastante estúpido, nadie se toma las cosas en serio. Quizás el problema sea yo, dado que no puedo integrarme al grupo. Admiro a las personas que tienen la facilidad para interactuar entre sí, porque no dejó de reconocer, lo mucho que me cuesta. En el taller, las personas conversan  y sonríen. Mientras tanto yo estoy abstraído en el dibujo. Desde que estoy aquí, que no hablo con nadie, solo platico con los enfermeros, o con algún que otro médico.
Más tarde, voy al consultorio del doctor Mancilla. Aprovecho para preguntarle, cuál es la función que tiene la medicación. Pues desde que la estoy tomando, tengo palpitaciones y me tiembla la mano. Él me dice, que eso, no tiene que ver con la medicación, sino más bien con mi ansiedad. Otro más que me dice que soy ansioso. Me explica infantilmente que la medicación, es para curar los dolores del alma. Yo frunzo un poco el ceño, y después le cambio el tema. Le pregunto si hay noticias de mi trabajo. Él me dice, que puedo quedarme tranquilo, porque al ser yo un municipal, se consideran los días perdidos, como licencia por enfermedad. Eso me devuelve la calma. El doctor Mancilla, me dice que la medicación que estoy tomando se llama Queteapina.  Es un antipsicótico, que ha salido recientemente, me explica. Así que según la medicación, soy un psicótico. ¿Cuánto más defectuoso puedo ser?

Después de estar un mes encerrado, mis padres vienen a visitarme. Nos sentamos en la mesa del comedor, y nos miramos un buen rato. Como siempre, yo me encuentro guarecido en el silencio. Es increíble lo que el encierro, ha generado en mí. Ellos se preguntan cómo estoy, y yo les digo que bien, tal vez un poco confundido por las vicisitudes que tuve que atravesar. Les hablo del pabellón, donde estuve internado, y les cuento acerca de las condiciones en las que me tenían. Mis padres parecen estar sorprendidos. No se habían imaginado lo horroroso, que este lugar podía llegar a ser. Después de conversar un largo rato, mi padre me dice que me ve mucho mejor de lo que esperaba. Esto me pone contento, realmente tenía ganas de verlos, tenía ganas de verlos, y de charlar con ellos. Finalmente les doy un fuerte abrazo, y vuelvo a mi habitación. Aún no sé cuánto tiempo tardarán en darme el alta.

Por la tarde, después de afeitarme y de comer un trozo de pan, voy al baño a darme una ducha. Esto era lo último que me faltaba para recuperar mis energías. En este tramo de mi vida, sigo sin hablar mucho. Me siento conforme con estar en silencio, aunque no dejo de admirar a las personas que pueden interactuar con otras.
Esta noche soñé con Verónica. Me levanté como si alguien me hubiera querido de verdad, y me sentí bien. Entonces fui hasta el comedor, y desayuné mate cocido con dos trozos de pan francés. Ahora estoy en el comedor. Sentado en una mesa de plástico con sillas de plástico, observo el televisor colgado en uno de los vértices de la sala, emitiendo permanentemente el informativo. Mientras desayuno, me detengo a ver a dos personas mayores de edad, un hombre y una mujer. Se miran el uno al otro, pero ninguno de los dos habla. Aunque por fuera están en silencio, por dentro se deshacen en el caos. Lo sé, porque a mí me pasa lo mismo.
Vuelvo a mi cuarto, cansado de tanto silencio. Y entonces me pregunto. ¿Qué hago yo en este hospital de locos? En mi vida anterior, yo iba y venía, organizando mis tareas, como a mí más me gustaba. Recuerdo que estuve a punto de encontrar un departamento, para irme a vivir sólo. Ya había conseguido el dinero del depósito, y sólo faltaban algunos días para concretar la operación. Pero entonces en un abrir y cerrar de ojos, aparecí internado en esta clínica. ¿Alguien vio la matricula del auto que me arroyó? Me cuesta aceptar toda esta situación, pero no tengo otra alternativa que continuar con mi rutina. No hay mal, que por bien no venga. Así dicen.
Aunque aquí adentro está lleno de gente, yo sigo solo. No hablar con nadie, es tal vez, uno de los mayores problemas que tengo. Me pregunto si yo elegí ser así. Quizás esto es lo que estaba buscando.

Ahora estoy descansando en la cama de mi habitación. A mi lado hay un gran ventanal que da hacia el jardín. Es hermoso, pienso. Trato de relajarme respirando hondo. Estoy con una crisis de asma. Los doctores me prohibieron comer chocolate, así que únicamente me consuelo con pan, y mate cocido. Más tarde, tengo que ir al taller de dibujo, pero no sé qué voy a dibujar.

Vuelvo del taller de dibujo. He realizado algunos dibujos sobre Aquila Cristal, un personaje de historieta que he creado en mi infancia, y que aún hoy sigo esbozando. De cualquier forma, no hay que estar muy despierto, para entender que aquí no hay ningún interés por el arte. Pues muchos de los internos que van al taller de dibujo, se la pasan tomando mate y charlando, sin atender nunca su tarea. Sólo éramos dos personas las que dibujábamos. En un instante, comencé a sentirme reflejado en la otra persona. Él también era callado. Dibujaba solo, sin despegar la cabeza del papel. Cualquiera hubiera podido notar que una persona que guardaba ese silencio, escondía en su interior problemas especiales. Problemas que una persona charlatana, jamás entendería. Me pregunto si de afuera, me veré igual a él.

En este pabellón, ya podemos afeitarnos nosotros mismos. En el edificio, hay solamente un espejo que está bajo la supervisión de los enfermeros. Por lo cual, siempre hay que pedir permiso para afeitarse utilizando el espejo. Ellos dicen que el espejo, es un elemento que podría romperse, y lastimar a alguien. Mientras me miraba en él, no podía dejar de notar cierto aire de austeridad. Sentí como si hubiera estado envejeciendo, a mayor velocidad que de costumbre. Hace mucho tiempo que no me río, y mi cara, se ha endurecido. Comienza a resultarme difícil gesticular. Pareciera como si todos los músculos en mi rostro, se hubieran vuelto de piedra. Luego de afeitarme, salgo a caminar por el parque. Realmente hay mucha vegetación aquí. Miro la gente, y pienso. Es bueno saber que hay vida en este cementerio. Eso sin contar los pájaros y los gatos, que andan merodeando por toda la clínica. Más adelante, hay un teléfono público. Me gustaría llamar, pero no tengo monedas. Me siento en una banca, y abro el libro que me regaló mi hermana. Mitología griega y romana, de Thomas Bulfinch. Me gusta leer, aunque no me interesa retener la información. Solo leo para distraerme un rato.

He averiguado los motivos, por los cuales han internado a mis compañeros de habitación. Ignacio me ha dicho que estaba aquí, porque había tenido tres intentos de suicidio. Ignacio es de esas personas, que necesitan hablar, mientras van organizando sus cosas. Marcelo está aquí, por una psicosis de guerra. Marcelo al igual que yo, está escribiendo un diario, aunque nada tiene que ver lo que escribo yo, con lo que escribe él. Según me ha dicho, él escribe sobre física. Finalmente Alfredo, había recorrido la selva del África, y nadie había sabido de él durante mucho tiempo. A mi entender, esto no parece suficiente motivo para internar a alguien, pero yo no soy doctor. Alfredo, debe tener aproximadamente treinta años, y a pesar de que no hace mucho tiempo que está internado, se angustia por estar aquí encerrado. Ahora él observa como escribo, y me pregunta. ¿Cómo podes estar tan relajado? Yo le respondo. No tenemos otra alternativa más que relajarnos, porque si nos dejamos invadir por la ansiedad, tardaremos más tiempo en salir. Alfredo se acomoda en la cama, y suspira.

Ayer por la noche, mientras cenábamos en el comedor, pude ser consciente por primera vez del efecto que la medicación, generaba en mi organismo. Mientras cortaba la tarta de jamón y queso, sentía los movimientos de mis manos, llevar a cabo la tarea, de forma muy lenta. El tiempo se estiro indefinido, como el queso derretido en mi plato, y yo me quede desconcertado, mirando. Marcelo que estaba sentado a mi derecha, me dijo algo así como. ¿Te vas dando cuenta? En ese momento, me acordé de mi abuelo Cándido. Cada vez que cenaba con él, lo miraba cortar la comida, muy lentamente. Luego, hacia una pausa infinita, y bebía su terma, como si degustara cada trago.
Me fui a dormir, con una ligera sensación de bienestar. Me había gustado esa lentitud del tiempo, pero me preocupaba el pensar, que todo esto hubiera sido generado por la medicación. Por la noche, mientras dormía, tuve un ataque de asma con palpitaciones. A mi entender, fue producto de que había comido demasiado. Estuve entonces, como hasta las cinco de la mañana, sin poder dormir. Pero finalmente, una enfermera, me hizo una nebulización, y pude volver a la cama. Así que a la mañana siguiente, llamé a mi padre por teléfono, y le solicité que la próxima vez que viniera visitarme, me trajeran un ventolín. Más tarde, fui a hablar con la enfermera de guardia, Gabriela, por este tema. Ella me pregunto si era alérgico, yo le dije que sí, pero que no debía preocuparse, dado que ya había hablado con mis padres, y en los próximos días de visita, iban a traerme el ventolín. Sin embargo, ella me advirtió que no podría tenerlo en mi poder, dado que toda medicación ajena a la clínica, debe estar en manos de los enfermeros. Así que cada vez que yo quiera valerme del ventolín, tendré que solicitárselo al médico de guardia.

Estos últimos días, pude encontrar cierta relajación estando sentado sobre mi cama. A veces ejercito la meditación,  filtrando de esa manera, mis preocupaciones. Marcelo Sosa, mi compañero de cuarto, también hace meditación. Así que después de todo, no soy el único loco en la clínica. Marcelo se sienta sobre la cama, con las piernas cruzadas, y los ojos cerrados. Después respira profundamente, concentrándose de tal forma, que puede pasar una hora, sin hacer ninguna clase de interrupción. Pero yo, cuando medito, tengo una mala postura. Tal es así, que el cuello me tiene a mal traer estos últimos días. Sobre todo me molestó mucho ayer a la noche, durante la cena. Pero si es el precio que debo pagar por tener un poco de paz, estoy dispuesto a pagarlo.

Aunque este lugar sea mucho más amplio y espacioso, que el pabellón de hombre nuevo, no dejo de sentirme encerrado. Esta situación, está devorándome las entrañas, pues ya no tengo más lugares para recorrer. El tiempo ya comienza a desteñirse de blanco, como las hojas de un libro vació. En esta historia, donde yo soy mi propio antagonista, me confesaré ante mi diario, y te haré entrega de mi verdad. Así veo al mundo hoy. Esta es mi máscara interior, una máscara que solo cambiará de forma, cuando la herida recibida, cicatrice definitivamente. Armarme de coraje, haciéndole frente al mismísimo olvido, fue el único modo de evitar un trauma, post internación. Sé que necesitaré mucho valor, para recordar los momentos difíciles, que he atravesado desde mi llegada a la clínica. Tal vez podría dejar mis diarios, y salir a tomar mate con mis compañeros. Seguramente de esa manera, podría ignorar el problema, evadiéndome de mi situación. Quizás eso haría que me sienta más aliviado. Y es cierto, aunque no lo crean, hay muchas, pero muchas personas, en la misma situación que yo, y lo normal para todos, es buscar el refugio en el otro. Pero yo no soy así. Primero debo aprender a estar conmigo, para luego estar con los demás. Así que aquí estoy, en el cuarto, escribiendo, reflexionando, y tratando de entender cómo llegué aquí.

Por la tarde, vienen a visitarme mis padres. Lo primero que hacen al llegar, es entregarme el ventolín para el asma. Luego nos saludamos con un abrazo, y nos sentamos a charlar un rato. Ellos dicen que no sabían que yo estaba buscando alquilar un departamento. Según me cuentan, pensaban que me iba ir a vivir debajo de un puente. Esta afirmación me dejó atónito, pues me di cuenta, de que en algunos aspectos, me conocen muy poco. ¿Cómo iba a querer irme a vivir debajo de un puente? Es ridículo. Sin embargo, entiendo que deben haberme visto muy mal, como para pensar así. Entonces les conté que antes de mi internación, había ido averiguar al banco hipotecario, y al banco Ciudad, los préstamos correspondientes, para el depósito del alquiler. Parecen no haber entendido que yo necesito mi independencia.

Antes de la cena, me acerco a la ventana del cuarto y observó la luna. Me gustaría alejarme de todo, me gustaría estar solo, me gustaría estar en la luna. Realmente me cuesta convivir con los otros pacientes, y mirarlos a los ojos. Pues cuando los miro, no dejo de sentirme reflejado, y yo no quiero ser así. En verdad no quiero ser un loco más. Me pregunto si a los demás pacientes, les pasará lo mismo cuando me ven a mí. Quizás es por eso, que solo hablo con los médicos y los enfermeros. Los demás pacientes me deben odiar, y no los culpo. A muchos de ellos ni siquiera le dirijo la mirada. En repetidas ocasiones, he estado en el comedor dibujando, y me he visto forzado a ignorarlos a todos. Cada vez que tratan de acercarse a mí, y me preguntan qué es lo que estoy haciendo, los ignoro. Sé que no soy lo que precisamente se llama, un ángel, pero tampoco soy la piel de judas. Sólo quiero salir de acá. Deberían saber que no estoy aquí para hacer amigos. Sino dejaría mis notas y me pondría a charlar con ellos, pero eso no me interesa, sólo quiero salir.
Sin embargo, a pesar de todo, no me he cerrado completamente a conversar con los demás.
Por la tarde, me quedo hablando con Alfredo en la habitación. Alfredo tiene aproximadamente treinta años, y según me cuenta, siente un poco de miedo. Él dice que las últimas noches, tuvo pesadillas terribles. Él pasa la mayor parte del tiempo, en la cama. Según Ignacio y Marcelo, dormir mucho, es un síntoma de depresión. Alfredo me cuenta que está saliendo con una chica, y que tiene miedo de perderla, a raíz de todo lo que está sucediendo. Yo no puedo entenderlo, dado que aquí en la clínica, no tengo a nadie a quien perder.

Después de desayunar, estuve practicando algo de dibujo. Encontré una habitación a la que llaman, el salón blanco. Aquí las personas se reúnen a escuchar música, o a rezar. El ambiente es discreto, pero agradable. Al fin un lugar aislado donde poder pensar en paz. Me encontré bastante cómodo en esta habitación, seguramente seguiré frecuentando este salón, como una nueva rutina, que se sumará junto con mis otras actividades. En el salón blanco, a veces pasan música clásica con un mini componente viejo y oxidado. Yo me dejo seducir por su lírica, volcándome sobre mi trabajo, sin hablar con nadie. Ahora estoy contento, pues al fin pude dibujar la primera página de este cómic que daré en llamar, "clínica neuropsiquiátrica".  Debo conseguir una goma de borrar.

Ha comenzado a llover torrencialmente. Mientras tanto Marcelo duerme profundamente. Desde mi cama, miro hacia la ventana. Siempre me ha gustado ver llover, es una de las pocas cosas que me ayudan a dejar de pensar. El chasquido del agua golpeando contra la tierra. El color gris de las nubes, y los árboles sacudiendo sus hojas trémulas, como en una danza milagrosa. Todo eso me da sueño, me da mucho sueño. Podría ponerme a dibujar, pero no. Sería un desagradecido si lo hiciera. Hacer nada en este momento, es una forma de darle más relevancia a los hechos, que a la historia que los narra.

Vienen a visitarme mi hermana Julia, y mi padre Alberto. Mi padre me dice que la medicación que estoy tomando, cuesta por lo bajo, unos trecientos cincuenta pesos. Pero también me informa, que no debo preocuparme, dado que la obra social, puede cubrirme hasta un setenta por ciento. Por otra parte, la obra social, también está cubriendo la estancia en la clínica. Sin embargo, no me cubre el total de los gastos, así que cuando me den el alta, se debitaran la diferencia, de mi recibo de sueldo. Mi padre me cuenta que una vez que salga de esta clínica, voy a tener que ir a un hospital de día, para continuar con el tratamiento. Al menos hasta que los doctores, consideren que yo ya estoy bien. Antes de irse, mi hermana me deja otro libro. Esta vez el título es, "Cuentos de Edgar Allan Poe". Sin más, nos despedimos con un fuerte abrazo.

He confeccionado la segunda página del cómic, sobre la clínica neuropsiquiátrica. Me interesaría narrar el momento en el cual llegué al mundo. Es decir, me gustaría narrar mi nacimiento. Me interesa esta temática, porque de algún modo plantea el hecho de que yo, en ningún momento, pude elegir nacer. Mi vida hasta aquí, ha consistido en tener que aceptar los planteos que me imponen a la fuerza. En muchas ocasiones, he luchado contra ellas, pero ahora descubro que la salida más fácil, está en saber aceptarlas, para rescatar de ese modo, un nuevo saber sobre las cosas. Dejarse llevar por la corriente, es vital para no salir lastimado. Pues como dije antes, no podemos cambiar el curso del océano, solo podemos fluir con él.

En el salón blanco, los domingos por la mañana, se practica misa, a través de un televisor que emite una programación cristiana. Lo cómico del asunto fue que yo no sabía esto. Así que mientras dibujaba sentado en mi mesa, todas las personas que estaban en el recinto, fueron acercándose hasta mí, dejándome sus bendiciones, mientras me besaban la mejilla. El hecho está en que voy a tener que prescindir de esta sala. Al menos durante los domingos santos.

Creo que me estoy volviendo adicto a los alfajores de chocolate, y a los mates. Desde que me regalaron este pack, con diez alfajores de chocolate, que no puedo dejar de acompañar mis ratos de ocio, con su agradable y deliciosa compañía. Qué lástima que todo lo rico engorde.

Después del almuerzo, nos tiramos a descansar. Marcelo me dice que ya está cansado de estar en la clínica. Me cuenta que han pasado cuatro meses desde que perdió su libertad, y que con lo único que sueña, es con recuperarla. Mientras tanto, Alfredo se pasa la mayor parte del tiempo acostado, pero dice sentirse mejor después de haber visto a su familia. Alfredo, en algún sentido es como yo, pues no le gusta involucrarse con ningún paciente. Además de los médicos, y de los enfermeros, él solo habla conmigo. En este punto, me hago la siguiente pregunta. ¿Qué es más beneficioso para un hombre, guardar silencio, o hablar con los demás? Aunque yo soy de las personas que prefieren guardar silencio, estoy seguro que debe existir un equilibrio entre ambas. Yo digo que no es ni lo uno, ni lo otro. Soy consciente de que mi problema más grave, es no saber vivir el presente. Pienso tan a menudo, que a veces siento como si desapareciera de la tierra. Es algo así como estar en otra parte. El deseo de que alguien más piense en mí, me recuerda que aún sigo siendo humano. Pero me es difícil creer que el amor es incondicional, pues, todo este esfuerzo que me lleva escribir, está patrocinado por la esperanza de encontrar un amor legítimo.

Capítulo 4.

Hacen sólo algunos días, que Marcelo comenzó hablar sólo. Se pasea de un lado al otro de la habitación, hablando consigo mismo. En ocasiones parece estar discutiendo, dado que representa dos personajes al mismo tiempo. Con esto quiero decir que cuando uno habla, el otro le contesta. A todo esto, yo estoy acostado en la cama, y deben ser aproximadamente las cuatro de la tarde. Es raro verlo así, pues hasta ahora yo había estado conversando con él, sin tener ningún tipo de problemas. De todas formas el hecho de que Marcelo este hablando solo, no molesta a nadie, sólo despierta en mí, cierta curiosidad. Me pregunto ¿Cómo una persona puede pasar en solo segundos, de la mesura a la demencia? Es necesario destacar que Marcelo Sosa, ha estado al frente de la batalla que se llevó a cabo en las Islas Malvinas. Pero como si fuera poco, además ha sufrido la pérdida de su hija y su mujer, en un accidente automovilístico. ¿Cómo no entender su locura, después de saber todo lo que ha tenido que enfrentar? Dejando de lado la evidente psicosis que está atravesando, Marcelo Sosa, es un excelente compañero. Todas las tardes tomamos mates juntos, y charlamos de literatura. Él me lee lo que escribe y yo a cambio, le enseño lo mío. No toda locura es ofensiva. Si tengo que ponerme crítico con lo que escribe Marcelo, diría que da muchas vueltas sobre el mismo concepto. Pero aquí no hay crítica que valga, pues todos necesitamos esquivar nuestra desdicha, poniendo la cabeza en algo. Y ya no importa si lo que hacemos, tiene un valor para los demás. Marcelo y yo, escribimos para compensar el dolor que implica haber sido excluidos de la sociedad. Aquí en la clínica, no hay mucho que podamos hacer para corregir eso.  Escribir y meditar, son nuestras únicas armas, y a veces esa tarea,  se vuelve casi religiosa. Sin duda envidio a Alfredo, porque puede quedarse acostado en la cama sin hacer nada. Yo no puedo, y por lo que veo, Marcelo tampoco. Así estamos aquí. Escribiendo para mitigar la virulencia de nuestra ingente paranoia.

He llegado a la conclusión, que cuando uno se concentra en su respiración, libera a la mente, del estrés segregado por la zozobra. Cuando me siento mal, voy al parque, y me recuesto en un banco mirando al cielo. Veo a los pájaros perdiéndose entre las nubes, y me imagino volando junto a ellos. Luego cierro los ojos, y pongo mi atención en la respiración. Trato de retener esa imagen, a la vez que retengo el aire. Exhalo profundamente, abriendo lentamente los ojos. La imagen se pierde. Pero he logrado escaparme, al menos unos segundos antes de volver a la rutina. Estar atrapado, por momentos es solo una idea que la mente genera. Y la clave para salir, reside en la fuerza de voluntad que uno pone para enfrentarla.

Generalmente, la comida consiste en sopa como entrada principal, seguido de un segundo plato que puede ser milanesa con puré, pastel de papa, tortilla de papa, etc. Finalmente, el postre, a veces es flan, o dulce de membrillo, o mandarina, etc... Para beber hay agua, y para acompañar la comida, pan fresco. Sin darme cuenta me estoy acostumbrando a comer mucho pan, y ya siento la panza, como si fuera un globo. A veces, me acuesto en la cama para escribir, y al replegar las piernas, casi no puedo respirar. Eso no me sucedía antes, lo cual me da la pauta, de que he engordado algunos kilos.

Voy a hablar con la psicóloga Marian. Con ella vuelvo a tratar el tema de mi internación. Después de una larga conversación, resolvemos que mi ansiedad, y el deseo de escaparme de mis padres, han sido factores decisivos a la hora de decidir lo que harían conmigo. También le pido explícitamente, que considere la posibilidad de que yo, quizás no tenga ningún problema. Me esfuerzo por hacerle ver que toda esta situación, pudo haber sido generada, por un mal entendido. Marian me hace un ademán en señal de aprobación, y me cita para el viernes próximo, después de la terapia ocupacional. Antes de irme, le manifiesto mi necesidad de recuperar mi vida. A lo que ella me tranquiliza, contestándome que pronto, tendré el alta. Finalmente me aconseja tener paciencia, y saber escuchar a los doctores.

A la mañana siguiente, voy a hablar con Lorena, otra psicóloga. Ella me pregunta si quiero volver unos días a mi casa, yo le contesto que sí, claro que quiero. Ella me cuenta que los médicos me han visto bien, y que por esa razón, es que me están dando esta posibilidad. Por otro lado, desde que entré a la clínica, no creo haber cambiado demasiado mi manera de pensar. Si tuviera que arrepentirme de algo, tal vez sería del modo violento, en el que me fui de casa. Quizás, si hubiera colaborado con los psicólogos cuando tuve la posibilidad, hoy no estaría pasando por esta situación. Me he dado cuenta, de que no puedo culpar a mis padres, pues ellos no hubieran tomado esta determinación, sin haber comprendido antes, que yo necesitaba ayuda. Sin embargo, lo extraño de todo este asunto, es que a pesar de que mis padres me ven mal, yo me siento bien. Me siento realmente bien. Después de hablar con mis padres, ellos me dicen que yo no podía darme cuenta de que estaba mal. En mi mundo interior todo era perfecto, pero en el mundo real, la situación no era normal. Esto significa un problema para mí, porque yo no puedo darme cuenta de eso. Para mí todo lo que hice hasta aquí estuvo bien.

Día miércoles. Me levanto con el vientre duro, y le pido a Marta, la enfermera, que me de dos cucharadas de vaselina para poder ir al baño. Aunque trato de sentarme en el inodoro, no puedo hacer fuerza, pues la inflamación en mi vientre, es grave. No me imagino que pudo haber generado este malestar, tal vez haya sido el pan. Menos mal que no comí el mantecól que me trajeron mis padres. Si no probablemente me hubieran tenido que inyectar vaselina, directamente en el traste.

Ignacio Montoya, mi compañero de habitación, me ha sugerido que coma menos. Pues es cierto que en los almuerzos y en las cenas, lo rellenan a uno, como a un pavo de navidad.

Si me pongo analizar mi situación, las cosas no van bien. Sufro del asma, tengo inflamado el vientre, y para colmo, estoy encerrado en una clínica neuropsiquiátrica. Pero no puedo quejarme, por lo menos estoy mucho mejor que cuando estaba en "hombre nuevo".

Si quiero salir de aquí, no puedo volver a repetir el mismo discurso que tenía antes de entrar a la clínica. Debo estar más sobrio a la hora de hablar con los médicos. Por otro lado, pienso que el cómic que he comenzado a dibujar, de alguna manera me ha permitido canalizar todas estas angustias. Pues ahora, cada vez que hablo con los doctores, me siento más entero que de costumbre.

Vienen a visitarme, mi padre, y mi hermano Miguel. Mi hermano me habla muchísimo sobre un montón de cosas. Entre ellas, me dice que me ve mucho mejor. También, me aconseja que lo mejor para salir de esta clínica, es colaborar con el tratamiento, para obtener el alta, y de esa manera dejar en el pasado toda esta situación de mierda. Pero como decirle a mi hermano, que yo no soy de los que se olvidan de las cosas.

Luego de despedirme de mi hermano, y de mi padre, el doctor Fulkes, me dice que es posible que me den el sábado y el domingo, para que vuelva a mi casa. Esta noticia me pone muy contento. Me vendrá bien regresar a mi casa, aunque solo fuera por dos días. Yo aprovecho para preguntarle al doctor, cuáles son los motivos por los cuales me han internado. Él me dice que mi caso es diferente a los demás, pues no se puede tener bien en claro qué fue lo que pasó, y que la única alternativa ahora, es tratar de hacer las cosas bien. Me dice además que una vez que reciba el alta, tengo dos opciones. La primera, es seguir en un hospital de día, haciendo medios turnos, almorzando allí, y teniendo sesiones de terapia con una psicóloga. Y la segunda opción, es hacer una terapia particular tres veces por semana, con el doctor Flores. Esta última opción, me pareció mucho más viable, pues me da cierta independencia con respecto a mis horarios. El doctor Fulkes, cree que mi alta, puede ser a corto plazo, pero eso dependerá de mi evolución.

Para hoy, ya he confeccionado cinco páginas más, del cómic que estoy dibujando acerca de mi internación en la clínica. Se avecina la noche, y en unos minutos, habrá que bajar a comer. Hacen sólo unos instantes, Alfredo Gramajo, se fue de alta. Lo envidio, pues sin duda ha recuperado esa vida que todos aquí dentro, queremos volver a tener. Mientras tanto, yo me lo tomó con calma, y aprovecho esta circunstancia para continuar con el cómic.

Estoy exhausto, y no es extraño, porque lo único que hago es ir del comedor a la habitación, y de la habitación al baño. En mis ratos libres, que son muchos, le dedico tiempo al cómic. Creo que podría dibujar algo relacionado, con la oportunidad de volver a casa. Después de haber estado un mes en la clínica, esta idea merodea mi cabeza, noche y día. Seguramente en un rato, iré a darme una ducha. Es una delicia bañarse cuando el agua, sale caliente.

Marcelo da vueltas en la habitación, discutiendo con él mismo. Me preocupa mucho la manera en que habla sólo, y por esa razón, he preferido distanciarme un tiempo. Por lo menos hasta que se calme un poco.

Ahora se me agotan nuevamente las ideas, ya no sé cómo continuar el cómic. Ayer confeccioné la página número cinco, y tengo pensado hacer cinco páginas más, incluida la tapa y la contratapa. Pero a decir verdad, hoy es un día, donde la creatividad, queda subyugada por la pereza. Voy pensando cómo podría ser la página número seis. Tal vez, podría hablar sobre la vez que estuve internado en el pabellón de hombre nuevo. Eso sí, debería pensar muy bien, sobre cuál de todas las situaciones, me tendría que enfocar. Pues sin duda, que tengo mucho material para trabajar. Seguramente, hoy que tengo bastante tiempo libre, trataré de poner mi cabeza sobre el asunto. Me conformaría con sólo dibujar dos viñetas más.

Acabo de terminar de confeccionar la página número seis del cómic. En tres días, hice tres páginas, eso es porque estando en la clínica, uno no tiene ninguna responsabilidad, o tarea que ocupe su tiempo. Por eso estuve pensando mucho en Fontanarrosa, y en su clínica de dibujo rápido. De alguna forma, decidirme por este estilo, me ayudó a solucionar varios aspectos del cómic. En otras palabras, pude dibujar directo sobre el tamaño A4, sin la necesidad de hacer dibujos grandes, para después reducirlos.

Salgo a caminar un rato, y rápidamente pierdo el aire. No sé por qué me pasa esto, pero me veo obligado a recurrir al aerosol del asma, en repetidas ocasiones. De alguna forma, estoy habituándome a vivir con el asma, porque el clima por estos días, es mayormente húmedo. Es como si el aire, fuera más denso y difícil de respirar. Por las tardes, me fastidia no conseguir agua caliente para el mate, ya que es mi fiel compañía.

Ignacio Montoya me mostró sus dibujos, y me pidió que le dé una opinión. Son algo geométricos pienso, y los colores están demasiado saturados. En sí mismos, no dicen demasiado, pero esta opinión me lo guardo para mí. Para no alimentar su fastidio, yo le digo que son muy interesantes. A veces, es conveniente disfrazar la verdad, para que la otra persona escuche lo que quiere escuchar.

Me han dado sábado y domingo, para regresar a casa. Lo primero que hago al llegar, es tocar la guitarra. Esto me hace sentir que mis sueños de libertad, no se han perdido aún. Más tarde, voy al baño a afeitarme, y después bajó a comer. He pasado tanto tiempo en la clínica, que tengo la impresión de que la casa se ha encogido, y de que todos estamos apretados. A la mañana siguiente, me levanto, y me doy una ducha. He terminado de confeccionar la portada de mi cómic, al cual he dado en llamar, "Clínica neuropsiquiátrica". La portada ilustra una situación, donde yo estoy en la habitación del pabellón de hombre nuevo, pidiéndole a Dios, que me devuelva la libertad.
Me gustaría escribir un libro titulado, “Como salir ileso, de una gran tragedia”.

Ayer durante la cena, sentí un poderoso dolor de cabeza, producto de la forma desahuciada, en la que conversaba mi familia. Sin dudas, he perdido el hábito de dialogar. Esta circunstancia, me hace dar cuenta, de todo el tiempo que he pasado excluido, sin interacción con los demás. He perdido la costumbre de escuchar, y ahora me encuentro más autista que nunca. Ni bien terminé de comer, me fui a dormir con una migraña insoportable. No quería hablar con nadie.
No pude dejar de percibir lo angustiada que estaba mi madre, producto de toda esta situación. Por alguna razón, presiento que ella está asumiendo su parte de culpa, pues sin duda que mi madre, fue un factor determinante a la hora de tomar la decisión de internarme.

Acabo de terminar la página número siete del comic, donde se narra el regreso feliz a casa de mis padres. Allí describo una situación cómica, donde yo me quedo electrocutado, al meter la mano en una olla que calienta agua, mediante un dispositivo eléctrico. Pueden reírse si quieren, pues metí la mano para ver si el agua estaba caliente, y nunca consideré que el agua, es un excelente conductor de electricidad.

Al volver a la clínica, encuentro que Marcelo sigue hablando solo. Pero esta vez no he podido ignorarlo, así que le digo que trate de guardar silencio, dado que yo también tengo derecho a descansar. Si querés hablar solo, salí al jardín. No sé si te habrás dado cuenta, pero estas molestando a los demás. Creo que fui un poco duro con él, pero era necesario. La tranquilidad, es uno de los aspectos positivos que rescato de esta parte de la clínica, y no es justo que esto deba perderse, por culpa de la locura de Marcelo. Mientras tanto, voy pensando cómo resolver la página número ocho del cómic. Tengo algunas ideas, pero aún nada en concreto.  Marcelo me pregunta, si está internación, no me hacía sentir marginado. Yo le digo que no, pues hay gente viviendo en la ciudad, que está mucho más enferma, que algunos de los que estamos aquí. Marcelo Sosa, es el modelo perfecto de vagabundo o linyera. Dice y habla incongruencias, repitiéndose en toda su temática. Yo estoy preocupado por la manera que tiene de contestarse así mismo. Por eso guardo distancia, para evitar ser víctima de una simbiosis inoportuna.
Tal vez la página ocho del cómic, podría hablar sobre Marcelo Sosa. No sería mala idea.

Por la mañana, el profesor de gimnasia, me obliga a jugar al básquet. Seguramente el doctor Riva le pidió que lo hiciera. Dado que él sabe bien, qué yo paso la mayor parte del tiempo, encerrado en la habitación. Así que no tuve más opción, que ir a ver de qué se trataba. El juego consistía en formar una fila frente al aro de básquet, y al llegar el turno, lanzar al aro, desde la línea de libres. Claro que no existía la línea de libres, sólo lo digo como alegoría, para que puedan ilustrar la imagen. Aquel que lograra embocar, seguiría tirando, y ganaba el que más libres pudiera sumar. El juego era extremadamente aburrido, y los pacientes se colaban en la fila, para volver a tirar más rápido. Aquí nadie respeta nada. Pero tengo que reconocer, que me hacía falta un poco de actividad física al aire libre. Después de darme una ducha, llamó a mi padre por teléfono, y le pido un sacapuntas, una birome, y un desodorante. Tuve que hablar rápido, dado que tenía pocas monedas. Antes de que se corte, alcanzó a decirme que si no venía mañana por la mañana, iba a venir por la tarde.

Capítulo 5.

¿A quién pudiera importarle una persona, que oscila entre el caos y la locura? La respuesta es que a nadie. En cambio, todos se acercan, cuando de esa persona brota el orden, pues decir orden, es decir virtud, inteligencia, astucia, sensibilidad, prestancia, humildad, responsabilidad, destreza, en fin. Un capo. Cuando una persona es coherente, es mucho más simple que los demás se acerquen. Yo no puedo negar que en algún punto, mi mente es un caos, pues aún no he logrado encontrar el orden. Es por esa razón, que nadie se interesa por mí. Claro que no estoy hablando de mis familiares, ellos siempre tienen un amor incondicional para ofrecerme. Me refiero a los otros. En general, ninguna persona desearía abordar a un sujeto incoherente, que está en conflicto permanente consigo mismo. Es similar a lo que me pasa a mí con Marcelo. Lo veo hablar sólo, y me preocupa, por esa razón me alejo de él. Al menos lo relegaré, hasta que se calme un poco. Me alejo de él, porque no quiero que me lastime. Lo mismo deben pensar las otras personas, cuando se alejan de mí. Ser ignorado, es también una forma de exclusión. Pero no puedo quejarme, dado que yo hago lo mismo con Marcelo.

Hablé con el doctor Riva. Me dijo que mañana, iba a hablar con mis padres, para tramitar mi salida de esta clínica. Esto me pone muy contento, pues al fin recuperaré mi vida, y volveré a pasear por las calles de Buenos Aires. De todo esto rescato, que ahora puedo darle a mi libertad, un valor que antes no tenía.
Aún me falta la página ocho del cómic. Con un poco de suerte, es posible que la dibuje en la tranquilidad de mi casa.

A la mañana siguiente, soy el último en levantarme. Irma me prepara un mate cocido con dos porciones de pan. Pero aun así, me encuentro insatisfecho. Así que vuelvo a la habitación, y me preparo un mate. Mientras tomo un amargo, voy pensando que a lo largo de mi vida, siempre tendré una hoja en blanco para escribir. Eso me da cierta seguridad. La hoja en blanco, nunca le exige a uno, poner algo en ella, sólo está ahí, por si la necesitamos. Yo la necesito ahora.

Por la tarde, me viene a buscar el profesor de gimnasia para jugar al vóley. Si bien no tengo muchas ganas de hacer deportes, no tengo más opción que ir, pues el doctor Riva sigue insistiendo en que lo haga. Si fuera por mí, me quedaría en esta habitación encerrado. Pero creo que el doctor, ya se ha dado cuenta de que tengo la tendencia a recluirme. Lo que más me sorprende de este tipo de vóley, es que se puede agarrar la pelota con las manos, y además, se puede hacer un autopase para lanzar directamente. Aburrido.

Viene de visita mi padre. Me dan la noticia de que en dos semanas más, tendré el alta. Esto me pone muy contento, pero es muy rápido para festejar, pues aparentemente, voy a tener que tomar la medicación de por vida. La cuestión destroza por completo mi orgullo, pues siempre creí que mentalmente estaba sano. Pero no permitiré que esto me desanime, pues en poco tiempo más, recuperaré mi libertad.

Voy pensando en confeccionar la página número ocho del cómic. Ya tengo el dato de que en catorce días, me estarían dando el alta médica. Así que la próxima página, bien podría ser el cierre de esta historia.

Me duele todo. Debería hacer un poco de gimnasia. Los días jueves hay fútbol, pero yo no quiero tomarme esta internación, como si fueran unas vacaciones de verano. Prefiero quedarme en la habitación, y tomar unos mates con Marcelo, mientras ahogamos nuestras penas hasta vaciar el termo.

Me levanto de la cama, y me voy al comedor. Ya no soporto oír a Marcelo hablar sólo. No puedo creer que hable, y se conteste así mismo. Me he esforzado por tratar de entenderlo, pero ya no aguanto más. Lo que no comprendo es como cambió tan repentinamente. Hace un rato estábamos tomando mate y charlando de lo más bien, pero de pronto, comenzó a caminar alrededor de la pieza, haciendo un monologo achacoso. Yo me quedé un rato escuchándolo, para tratar de entender de qué se trataba el asunto. Aparentemente, uno es un sargento de mal carácter, que le da órdenes a un soldado sometido, que se compadece así mismo, por su mala fortuna. Heavy. Lo que no entiendo, es que Marcelo ansía más que nada en el mundo, salir de la clínica. ¿Pero cómo piensa lograr que los doctores le den el alta, si no hace el más mínimo esfuerzo por tratar de aparentar lucidez?  Yo creo que más allá de todo lo que él dice, en el fondo, tiene miedo de vivir solo. Unas horas más tarde, Marcelo se sienta en la cama, y se queda mirándome. Me dice que le duele mucho la cabeza. Entonces yo le digo. Como no te va a doler, si te la pasaste hablando solo durante horas. Él me dice que el médico se lo recomendó para regular la psicosis. Yo aprovecho este breve espacio de sobriedad, para pedirle que cuando sienta la necesidad de hablar sólo, se vaya a dar una vuelta por el jardín. Marcelo se queda en silencio.

En lugar de Alfredo, ha llegado un nuevo paciente. Su nombre es Jorge, y es un hombre de unos sesenta años aproximadamente. Es un sujeto extraño, camina excesivamente lento, y pide ayuda hasta para ponerse las medias. De seguro que Jorge no vive sólo. No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de eso. Mientras tanto, yo voy programando las cosas que haré una vez que salga de aquí. Lo primero será seguramente, terminar este cómic. Y seguidamente buscaré un departamento para poder estar solo.


Al fin ha llegado el gran día. Mis padres me han pasado a buscar por la clínica. Me he levantado primero que todos y me he dejado las valijas hechas. Antes de irme, estuve charlando un rato con el doctor Riva. Él me ha dicho que siga con el tratamiento, para evitar volver a pasar por esta situación. Después de este castigo, antes de reaccionar agresivamente, sin duda lo pensaré dos veces. Al llegar mi padre, me saluda con una palmada en la cabeza. No estoy enojado con él, pero las cosas no están como para fingir que no ha pasado nada. Justo cuando me estoy yendo, Marcelo se cruza en el camino, y se queda mirándome. Parece estar triste por mi partida. ¿Ya te vas?, me pregunta. Si, ya me voy, le digo. Le extiendo la mano, pero él me da un abrazo. Fue un gusto conocerte, me dice. Para mí también, le digo. Mis padres me tocan bocina desde el coche. Así que esto es todo. Agarro mis valijas, y me voy sin mirar atrás. Marcelo es un buen tipo, y yo puedo perdonar su locura. Pues entiendo por lo que tuvo que pasar. Nadie hubiera salido completamente ileso, de una situación como esa. Pero bueno, ahora hay que pasar la página. El camino será largo y espinoso. Y aunque estoy contento con mi partida, sé que mis próximos días, los pasaré intentando comprender como fue que llegué aquí.