Importante :

En algunos textos he ofendido a otras personas injustamente, por eso pido disculpas por mi comportamiento inapropiado. Aun así, estos textos forman parte de lo que soy, y es por eso que no puedo borrarlos. Solo me queda aprender de mis errores, disculparme otra vez, y a seguir adelante.

viernes, 5 de septiembre de 2014

El Mono

Hoy en el teatro tuvimos la tarde libre. Yo estaba recostado sobre las sillas de la platea, y mientras meditaba mirándome la punta de la nariz, apareció Claudio invitándome a tomar mate. Yo entré amistosamente a su camarín, y bajo una incandescente luz de tubo, me encontré con el Mono, Víctor, Esteban, el Bocha y Antonio. En lo particular, yo me sentía algo incómodo, dado que en la semana, yo había hablado con varios de ellos, pidiéndoles con todo respeto, si por favor podían dejar de llamarme piano embrujado. Bueno, digamos que en resumidas cuentas, ellos lo aceptaron, y si bien el asunto se resolvió, las cosas no quedaron como yo hubiera querido. Así fue que entre mates y risas, el Mono se propuso a contar una de sus dramáticas y populosas historias. Yo sabiendo algo de cómo era él, me acomode en el asiento y preparé mi blindaje emocional para evitar cualquier tipo de herida psicológica. Él Mono, es un hombre de unos 45 años de edad, que luego de haberse separado de su mujer, supo vivir con su padre hasta hoy. Entre él y ella, se reparten en tiempos compartidos la tenencia de su único hijo. Mientras escuchábamos al Mono hablar con su inconfundible voz de cigarrillo y Wiski, cada uno de nosotros, fuimos acomodándonos poco a poco en su relato, sin llegar a imaginar jamás, lo que nos esperaba. Era cómico escuchar sus dramáticas anécdotas, mientras la radio sonaba de fondo, con un colchón de música romántica. Muy a pesar de mi incomodidad, yo traté de olvidar el asunto de la radio, y decidí tomar en serio lo que el Mono estaba por contar. Me acomodé en mi silla, y aunque sabía que no iba a ser una historia feliz, me propuse evitar cualquier tipo de juicio moral. Así dijo entonces.

Todo comenzó hace 20 años atrás. Íbamos a bailar en el auto del Sapa. Antes de salir de la casa, habíamos tomado varios vasos de wiski, y consumido con ello, unas cuantas líneas de cocaína. Yo iba ensimismado, disfrutando muchísimo esa sensación de seguridad que me daba la droga. El aire fresco del verano, soplaba en mi cara como si con ello purificara mi alma. Y así, en todo ese trayecto, mantuve mis ojos cerrados hasta que el Sapa me señalo que justo en la esquina, había habido un choque entre dos autos. Sorprendido por el hecho me detuve a observar atentamente este accidente. El Sapa estacionó el auto, pero casi instantáneamente se desvió a un costado del camino. Yo seguí su mirada y observé dos mujeres de grandes y voluptuosas formas, que salían de una casona en dirección al accidente. El Sapa les hizo una seña, y ellas sin dudarlo, se acercaron al auto. Cuando estuvieron bastante cerca de mí, conversamos unas palabras, y una de ellas me sedujo provocándome una erección. Después de tocar sus senos, y acariciar sus curvas, me atreví a meter mi mano en sus pantalones. Lo que sucedió después me hizo retroceder drásticamente hacia un costado del coche. Inmediatamente saqué mi mano de su pantalón, y le dije al Sapa que estas señoritas, no eran lo que parecían ser. El Sapa me susurró unas palabras que yo no pude entender muy bien, y me invitó a que lo siguiera. Yo baje del auto, y observé a mi compañero entrar a la casa junto con una de las señoritas. Tímidamente me fui acercando hasta la puerta, hasta que pude observar por la rendija, a mi compañero teniendo sexo anal con una de ellas. En ese momento sentí que alguien tocaba mi trasero. Me di vuelta espantado por la situación, y me encontré entonces a la otra mujer. Yo quiero eso, me dijo mientras se relamía acaloradamente. Casi involuntariamente me eché unos pasos hacia atrás. No sé si fue la droga, el miedo, o la ansiedad, pero al verla nuevamente, algo en ella me sedujo. Mi espalda golpeó con la pared, y poco a poco, ella fue acercándose como un tigre que acecha a su presa. Cuando estuvo lo suficientemente cerca de mí, me envolvió con sus brazos. Yo busqué algo de aire para recobrar mi compostura, pero al respirar otra vez, pude sentir como su aliento mentolado adormecía mi cara. Dejé que se posará sobre mí, solo para que ella supiera que su naturaleza híbrida, no me asustaba. Pero casi sin darme cuenta, como un fuego que se inicia involuntariamente, comencé a excitarme. Estaba entregado, ya no importaba lo que pudiera suceder. Entendí que si el Sapa tenía el coraje de hacerlo, yo no podía ser menos. Así fue que gobernado por mi instinto, me dejé llevar por sus caricias. Entramos a la habitación, ella bajó sus pantalones, y yo la senté sobre la cama, dispuesto a llegar al fondo del asunto. Les puedo asegurar que fue el mejor sexo anal que jamás tuve en mi vida. Más tarde, a un costado de la ventana, el sol comenzó a salir, y ambos decidimos que ya era el momento de partir. Asi que al salir de allí, nos dirigimos hacia el coche, y caminamos sin volver la mirada atrás. Entramos en el auto, y decidimos que por esta noche ya había sido suficiente. Durante el viaje de regreso no hubo ninguna clase de diálogo. Sólo estaba la radio de fondo que nos ayudaba olvidar el desastre que habíamos hecho. Al llegar a casa, el Sapa y yo, nos juramos solemnemente, no contarle a nadie sobre esta aventura que habíamos tenido. Pero han pasado muchos años desde aquella vez, y gracias a toda la ayuda que recibí, pude dejar el libertinaje, y abandonar mis adicciones. Hoy, las circunstancias de la vida, hicieron que el Sapa y yo, siguiéramos por diferentes caminos. Ahora entiendo que habiendo pasado 20 años desde aquella vez, ya no tiene sentido guardar este secreto.

Después de contar esto, el Mono miró sus manos y guardó silencio. Era como si al haberlo contado, estuviera trayendo al presente, todo lo que había sucedido aquella vez. Y aunque parecía jactarse de sus hazañas, yo sé muy bien que en el fondo estaba arrepentido. Tocaban las siete y para entonces Antonio ya se había ido. Solo quedamos con él, aquellos que sabíamos cómo hacer para fingir indiferencia. Contrariamente a todo lo que cualquiera pudiera pensar, ninguno de nosotros se atrevió a dirigirle la palabra. El silencio lo decía todo. No nos reíamos, pero tampoco aplaudíamos. Se puede decir que cada cual desde su lugar, supo respetar sus diferencias. Yo miré mi reloj y me di cuenta que ya era la hora. Me levanté de la silla pesadamente, y aprovechando ese breve silencio, dije con tono burlón. Bueno chicos, con el permiso de ustedes, voy a buscar mi biberón. Tomé mis cosas, saludé a todos, y me fui a casa.

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